Hacía dos semanas que Adelita había contactado conmigo a
través de una página de relatos. Primero me envió un mensaje muy tímido
sondeando mis intereses en materia erótica, y al cabo de dos preguntas yo ya
sabía que estaba ante una persona sumisa, acostumbrada a obedecer y deseosa de
trasladar ese carácter a su vida sexual. Se acababa de separar a sus 30 años, y
en las fotos que me mandó se adivinaba una hembra insatisfecha y caliente, que
tapaba demasiado un cuerpo que estaba en su esplendor.
En seguida empezamos a hablar por MSN, y lo primero que hizo
fue poner la cam para exhibirse tímidamente. Al cabo de 4 ó 5 sesiones había
perdido casi toda la vergüenza: sabía que sólo podía conectarse conmigo si lo
hacía desnuda. A Adela todavía no se le notaban los estragos de la edad: piernas
de muslos firmes, tetas pequeñas y duras del tamaño de una manzana, un culo
ancho y la boca carnosa. Me dijo que sólo se la había mamado una vez a su
esposo, pero que le dio tanto asco que lo dejó a medias y no volvió a repetir, y
que nunca había practicado el sexo anal.
En ese caso –le escribí- todavía no estás preparada para
mí.
¿Cómo que no estoy preparada?
Eres demasiado timorata, y avanzas muy despacio. Me
parece que tendrás que buscarte a otra persona para que te eduque.
Puso cara de susto, y se le notaba en la cara que estaba a
punto de echarse a llorar. Pero rápidamente se puso de pie y me ofreció la
visión de su culo y de su coño; con una mano por delante empezó a acariciarse el
coño mientras que con la otra intentaba trabajosamente meter uno de sus dedos
por el ano. Cuando lo consiguió, la mandé a la cama prometiéndole sorpresas y
apagué el ordenador.
Al día siguiente, Adela tenía una paquete en su casa:
contenía un móvil, un dildo anal y un tanga blanco, con las instrucciones de que
metiese en el paquete su móvil y toda su ropa interior. A partir de aquel
momento cortaría lazos con todos: su vida se limitaría a ir a trabajar por las
mañanas y esperar por la tarde a que le dejara instrucciones en su puerta. Sólo
podría llevar debajo de la ropa el tanga, y cuando quisiese lavarlo debería
llevarlo húmedo o ir sin nada debajo. Por las tardes se dedicaría a ir
acostumbrando su ano al dildo y mostrarme sus progresos por cam.
Adela era una perra voluntariosa, ya que el primer día, y
gracias al lubricante, había podido pasear por la casa con medio dildo enterrado
en su culo. Le costaba caminar, ya que lo tenía que hacer con las piernas
juntas, pero la tercera tarde ya lo tenía enterrado del todo sin sentir apenas
molestia. Se ponía a cuatro patas frente a la cámara para mostrarme orgullosa
sus progresos, y agitaba su culo que ya había empezado a depilar.
Creo que en trabajo han notado algo –me decía-. Con el
aire acondicionado se me marcan los pezones, y no paran de mirarme. Los
compañeros, que antes ni se habían fijado en mí, buscan cualquier excusa
para pararse delante de mi mesa a mirarme el escote o cómo se me marca el
tanga.
A partir de ese día, le ordené que fuera siempre con el dildo
puesto a trabajar, y que a la misma hora que todos sus compañeros paraban para
almorzar, ella se metiese en el baño de caballeros, cerrase la puerta y se
masturbase repitiendo en voz baja "Soy una perra. Te pertenezco". Comprobé que
lo hacía así, porque varios días me acerqué a su oficina y vi cómo se colaba
furtivamente en el baño a la hora indicada y salía del mismo con el color de las
mejillas encendido.
Al cabo de una semana calibré que su ano ya estaba preparado
para mí: le ordené que ese día, al ir al baño, metiese el dildo en su coño y
esperase con las rodillas apoyadas en la taza del váter sin echar el pestillo.
Quiso negarse, pero cuando le amenacé con cerrar la conversación volvió a su
actitud sumisa.
Al día siguiente Adela se puso falda y escote, como le había
ordenado, y nada de ropa interior. Cuando llegué a su oficina ya se había metido
en el baño; entré, y tras comprobar que no había nadie más, abrí la puerta para
encontrarme con Adela expuesta: la frente apoyada en el váter, el culo empinado,
las manos trémulas apoyadas en la taza. Quiso darse la vuelta, pero con un gesto
se lo impedí. Le ordené que se levantase la falda y se abriese los cachetes.
Estaba muerta de miedo, pero al tocarle el coño con una mano comprobé que a
pesar de ello estaba completamente húmeda: el consolador anal resbalaba y casi
se salía, mientras ella hacía equilibrios con sus caderas para que no se le
cayera.
Me deleité bajando poco a poco la cremallera para que pudiera
oírlo y me arqueé sobre su cuerpo.
¿Quién eres? – le susurré.
Soy una perra, y te pertenezco – contestó en voz muy baja
¿Y qué quiere esta perra?
Esta perra quiere que folles su culo, amo.
Puse la punta en la entrada de su ano y la dejé ahí.
Nerviosa, Adela se movió un poco para intentar meterla, pero la detuve con un
azote en su culo.
Estate quieta, o te expondré así como estás en la
oficina.
Volvió a estremecerse, pero la idea le excitó aún más, porque
el consolador resbaló unos centímetros. Instintivamente, Adela levantó las
caderas para que no cayera, y en ese momento le clavé mi pene de golpe hasta la
base; era increíble: una mujer que hasta hacía una semana no había jugado con su
ano, y recibía mi polla erecta sin lubricar hasta que mis cojones rebotaron en
su perineo. Le dolió, y no pudo reprimir un gritito. Sin embargo apretó los
dientes, los dedos se le estaban marcando en el culo, y en ese momento empecé a
follarme salvajemente su culo mientras le decía al oído lo puta que era por
estar dejando sodomizarse por un desconocido en un baño público, en el propio
cuarto de baño de su trabajo, ella sólo asentía y pedía más, llevé una mano a su
coño y jugué con el dildo en las paredes de su vagina, notaba la punta de mi
pene tocar con la del consolador, Adela movía las caderas frenéticamente, estaba
ida, no se dio cuenta de dónde estaba hasta que oyó la puerta principal del baño
abrirse. En ese momento paró de moverse y sacó mi pene de su culo.
¿Quién te ha dicho que puedes pararte? – le dije
P...pero...
Se la clavé de golpe arrancándole otro gritito, y ella volvió
a empezar a moverse como lo que desde ese momento era: una zorra que quería ser
follada hasta la extenuación. Seguimos así unos minutos, se notaba que había
alguien escuchando el jaleo fuera. Noté que iba a correrme y decidí hacerlo
encima de ella, saqué mi polla, apoyé una mano en su cabeza y descargué todo mi
semen entre sus muslos y sus nalgas.
Cuando terminé, Adela seguía sobre el váter, con la cara
completamente apoyada sobre la taza y el culo apuntando al cielo, jadeando,
sudada y llena de mi semen. Le dije que permaneciera así dos minutos y luego
volviese a su mesa, y que por supuesto no se limpiase ni cerrase la puerta. A
continuación, salí dejando la entrada abierta para que cualquiera que pasara
pudiera verla allí, y empecé a planear mi siguiente encuentro con ella.