Son ya las 3 y media de la madrugada, y estoy desesperada: no
creo que Raúl se conecte ya al MSN. Y yo lo necesito, necesito saber que está
ahí, aunque luego no le escriba nada. O aunque lo haga, confesándole hasta dónde
quiero ser suya, pero sin llegar nunca a enviar ese mensaje instantáneo, delator
de mis fantasías, llave de las cadenas, y tormento que me aflige desde que lo
conozco.
Estoy obsesionada; más que enamorada.
Lo he intentado todo con él, desde callarme esperando que sea
él quien me de la vida al abrirme una ventana de conversación, hasta asediarlo
con picardías y lascivia a través de las cuales filtro mi mensaje de amor y
sumisión. Pero él me ignora o me provoca, juega conmigo. A veces me parece que
me invita a declararme, pero al momento siguiente desaparece esa ilusión para
ser sustituida por un fantasma gélido e impenetrable. Eso, eso es lo que me está
volviendo loca.
Intento alejar mi mente de él sumergiéndome en la navegación
por páginas especializadas en mis oscuros sueños. En cada foto, en cada vídeo
que bajo, y cuyo volumen reduzco para no despertar a mis padres, me veo
reflejada, ansiando padecer en mis carnes esos tormentos, cuanto más
extravagantes mejor. Pero inconscientemente me ofrezco a él en cada aliento
voluptuoso. A él ausente, quizás idealizado, pero amado con devoción absoluta.
Si él me lo pidiera, iría a su ciudad en plena noche, para
presentarme ante la puerta de su casa desnuda y con mi feminidad dispuesta a ser
usada. Deseo más que ninguna otra cosa que él me lo ordene.
-Puta, ven a mi casa ya. Voy a esclavizarte.-
Cogería un taxi, y en él me maquillaría y vestiría como creo
que le va a gustar encontrarme. Tendría mis dudas, mis felices dudas ¿me pongo
el collar de pinchos o espero a que me lo ponga él? ¿Voy con bragas o sin ellas?
¿Me arrodillo ante la puerta o miro hacia el suelo con las manos a la espalda?
¿Le llamo señor, amo, maestro...?
Estoy llorando ya, víctima de un horrible pensamiento "tus
fantasías sólo son eso". ¿Debo renunciar a compartir, por desviados que sean,
mis sueños con la persona que amo? ¿Sólo tendré el consuelo de lo que las
sexshops y mi propia imaginación me proporcionen para desahogarme?
Con la cabeza sobre los brazos en la mesa del ordenador,
pienso, cansada. Él sentiría lástima o asco si me viera como a veces me
atormento.
...
Sí, callaría al abrir la puerta y encontrarme maniatada, con
los pezones mortificados por pinzas de la ropa y dos consoladores incrustados en
mi ano y vagina. Leería la nota donde habría escrito "soy tu esclava, te suplico
que me uses, amo", miraría mis ojos llorosos, mi piel húmeda por la excitación y
se iría. Sólo me quedaría el llanto.
Hay algo raro en la habitación. Siento un escalofrío. Las
paredes están más negras que de costumbre. Y apenas me doy cuenta de que la luz
del techo se ha apagado. Delante de mi cara está la pantalla, en cuya parte
inferior hay un parpadeo azul. Me pongo las gafas y leo. ¡Es él, me ha escrito!
"Raúl le invita a recibir imágenes por webcam"
Acepto, extrañada. Pronto aparece un ojo en la pantalla, pero
enseguida se aleja y veo el rostro de mi dios. Parece serio. No escribe nada, y
no sé qué hacer. A veces me mira y siento que me traspasa, pero cuando no me
mira ¡cómo deseo que lo haga! Por fin, leo:
-¿No me pones tú la webcam?-
Lo hago inmediatamente. Mientras se conecta, me arreglo con
un espejo que guardo en la mesa del ordenador. No mucho, para no parecer
artificial, pero sí lo bastante como para que se note que me preocupo por estar
presentable. Sobre todo ante él. Por fin, me ve. Río como una tonta y me
sonrojo. Lo amo tanto...
-¿Qué tal?- pregunto, pero no me contesta. Me empiezo a poner
nerviosa. ¿Qué querrá de mí?
-¿Quieres... algo, Raúl?-
Su silencio es el peor de los suplicios. Parece que me
ignora, que simplemente quiere tenerme ahí, dispuesta para algo que nunca va a
darme. Sólo puedo arriesgarme. Me quito la camiseta que llevo y suelto el pelo,
que llevo recogido en una coleta. Luego, procurando mirar siempre a la cámara,
escribo:
-¿Qué quieres que haga?-
Él me mira y sonríe, de un modo que sólo había soñado. Es la
sonrisa de alguien que esperaba lo que acaba de ver y le gusta, de un modo
perverso. Eso me da alas para escribir más:
-Soy tu esclava.-
Piensa, y yo veo en el teatro de mi mente las imágenes que su
cara transpira.
-¿Has sido una buena chica?-
Parece que aún le cuesta llamarme como más me agradaría:
perra, puerca, esclava o puta. Incluso "princesa" con un tono de sarcasmo me
hubiera encantado... pero el sarcasmo es difícil de expresar por escrito. Por
suerte ya sé lo que hay que contestar a esa pregunta.
-Sí, he sido muy obediente.-
Una siempre puede terminar confesándose traviesa y rebelde...
-No me lo creo. ¿Te has tocado hoy?-
-No, amo... jijiji.-
Desde luego que me había masturbado, apenas unos minutos
antes viendo cómo le ponían unas válvulas de succión en los pechos a una sumisa
en una preview.
-Está bien, entonces demuéstramelo. Mete tus dedos en tu raja
de ramera y enseñame si están mojados o secos.-
¡Oh, sí, gracias! Mantengo la mirada fija y el gesto petreo
mientras hurgo en mi intimidad. Cuando enseño el resultado, bajo la mirada, como
reconociendo mi humillación.
-Lo que decía. Has jugado con tu conejito, perra viciosa.
Ahora lámetelos para escribir suplicándome que te imponga un castigo.-
Glotona, imaginándome a mí misma mientras lo hago, estudiando
la cadencia de la lengua sobre mis dedos para provocar a mi amo, chupo mis
propios jugos. Y me noto húmeda, muy húmeda mientras lo hago. Saber que me ve es
suficiente para espolearme.
-Lo siento, amo. Soy una puerca traviesa. Debo ser
castigada.-
-Desde luego. Ahora muéstrame lo que hay en tu cuarto.-
Supongo que pretende escoger algo de lo que tengo a mano para
obligarme a atormentarme con ello. Las posibilidades son infinitas cuando estás
lo suficientemente depravada, y casi de cualquier objeto puedes extraer un uso
para tu disfrute personal... o más bien tu dolor.
Cojo la webcam y lentamente la voy pasando por los rincones,
por encima de mi mesilla de noche, por las estanterías, por el armario...
-Suficiente. Coge las dos arandelas de tu llavero y sácalas.
– cuando tengo ambas, una algo más pequeña que la otra, prosigue – Coge también
la flauta y quítale el silbato.-
Se refiere a la flauta dulce con la que toco de vez en
cuando. Está en el bolsillo-estómago de un peluche que cuelga de la pared.
Tirando, sale la parte por la que se sopla, quedando el cilindro perforado.
Supongo que querrá que me lo meta. ¿Dónde?
-¿Estás sola en casa?-
-No, amo, están mis padres.-
-Entonces basta. Quiero que vayas a la cocina a por plástico
transparente. Se lo vas a poner a la flauta. Lávala bien en el baño. Ah, y ya
puestos trae un par de hielos.-
Manteniendo el equilibrio entre el sigilo y la rapidez,
cumplo con sus órdenes. Estoy realmente caliente, se me agita la respiración por
momentos.
-Seguro que una esclava tan rebelde ya sabe lo que quiero que
haga con esas cositas.-
-Sí, amo.-
-Pues empieza por los pezones.-
Cojo la primera arandela y la examino. La paso por mi dedo
anular y la dejo allí un instante, mientras hago bajar el sujetador por debajo
de los pechos. Deseo que le gusten, me hubiera sentido muy dichosa si me hubiera
comentado lo que pensaba de ellos al verlos, pero calla y observa, con esa
expresión de impaciencia y frialdad que me seduce y transporta.
Introduzco las uñas en la arandela para abrirla. Es doloroso,
así que procuro hacerlo rápido, aunque a la vez pienso que pronto un dolor mayor
se apoderará de mis senos. Pero anhelo ese dolor, pues viene del amo, y adoro a
mi amo. Dejo que la arandela se pose sobre el pezón, y aparto las uñas. ¡Oh,
cielos, que insufrible agonía! Gimiendo y sintiéndome culpable por no ser una
buena esclava, tengo que quitarme la arandela.
-¿Qué ha pasado?- pregunta Raúl.
-Lo siento amo, no estaba preparada, por favor, perdóneme.-
-Qué perra más delicada... Coge el hielo y pásatelo por el
pezón primero.-
Obedezco. Los primeros instantes son un auténtico alivio,
pero pronto el hielo constriñe y endurece el botoncito de sensible carne oscura.
Voy a repetir el proceso con el otro, pero el amo me indica que me ponga ya la
arandela. Tomo aire y vuelvo a separarla. Ya casi siento su mordisco implacable.
Ahora el pezón es más grande y tengo que abrir más la espiral de metal
superpuesta. Pero me prometo que voy a ser una buena esclava, y que duela lo que
duela lo voy a aguantar.
Cuando me quiero dar cuenta, la arandela ya está en su sitio.
Retiro con cuidado las uñas. La sensación es extrema, pero no tanto como antes.
Parece que el frío ha entumecido lo suficiente la zona. Pero no durará mucho
hasta que vuelva la agonía, así que me doy prisa. Vuelvo a coger el menguante
hielo y lo aplico sobre el otro pezón, para colocar enseguida sobre él la otra
arandela. Ya empiezan a calentarse y a amenazar con el horroroso suplicio, pero
lo he logrado. Satisfecha y lasciva, tomo mis senos por abajo y los muestro a la
webcam.
-Delicioso, ¿verdad?-
-Sí, amo. ¿Qué hago ahora?-
Sé que si estuviera ahí delante, tomaría las arandelas y
jugaría con ellas hasta hacerme suplicar clemencia, tirando de ellas,
retorciéndolas, apretándolas...
-¿Estás lo suficientemente mojada, puerca?-
Es una obviedad, pero asiento, y me indica que debo alejarme
un poco para mostrarle cómo me meto la flauta en el coño. Bajo mis braguitas y
separo los labios, enseñando mi secreto de mujer a la inmóvil cámara.
Inmediatamente introduzco el largo cilindro por el agujero, despacio. Estoy tan
mojada que no encuentro resistencia. Como una extraña ave, dejo que la punta
cónica del instrumento musical sobresalga, empalada mi vagina por el resto.
Apenas puedo concentrarme en estas nuevas sensaciones, porque los pezones me
están atormentando. Siento un inmenso calor y dolor en ellos, y sólo puedo
combatirlo moviendo mi pecho para que las tetas se bamboleen arriba y abajo.
Saber que mi sufrimiento agrada a mi amo me llena por completo de una sensación
placentera e indescriptible.
-Estupendo. Veo que eres una esclava muy sumisa. Me encanta.-
-Gracias amo.-
-Ahora arrodíllate delante del ordenador, porque, jeje, creo
que no podrás sentarte, ¿no?-
-No, amo, no puedo.-
Intuyo que se acerca el final de esta sesión. Me toco
disimuladamente el clítoris. No sé si Raúl me impondría otro castigo si lo
notase, pero necesito hacerlo. Estoy como en otro mundo, y ya me miro desde
fuera, haciendo cada cosa que hago. ¿Soy yo esa? ¿podría imaginarme ser tan
feliz por momentos? La observo: coge el otro hielo y lo pasa por los pezones,
boca y labios, para meterlo en el culo. Pone cara de angustia, pero apenas me
llegan sino ecos del exquisito suplicio que en su ano tiene lugar mientras el
hielo se disuelve lentamente.
-Coge una media y el collar de tachuelas. Amordázate con la
media y ponte el collar. Bien... ahora pasa los dedos por las arandelas y tira
lentamente hacia los lados... Mmmm... Qué maravilla, estás estupenda, esclava.-
-Amo Raúl, por favor...-
-¿Por favor qué, esclava?-
-Nada... sólo quiero... darle las gracias.-
-Buena esclava. ¿Sabes? He hecho un montón de capturas de
pantalla. Así que harás lo que yo quiera de ahora en adelante o... bueno, sé que
no va hacer falta, pero seguro que te encanta saber que te tengo a mi merced.-
-Oh, sí, amo, humíllame, fóllame, abúsame. –
Pronto despertaré sobre mi teclado, y el único recuerdo de
este sueño serán mis braguitas mojadas.
Mamá, por favor, si aún duermo, no me despiertes.
Raúl...
Quiéreme.