Acá estoy de nuevo, con los testículos hinchados de
necesidad, de desesperación, de locura por los dedos de los pies de una mujer
que me desmaye de placer con sus bellos atributos. Y tenía fijo en mis retinas
unos dedos fuertes, de uñas grandes y pintadas de color rojo sangre. Tenía una
sensación en el miembro de esos dedos retorciéndolo, acariciándolo, sobándolo
con sublime pasión y maravillosa inexperiencia.
Quería sentir en mi boca el sabor salado pero delicioso de
unos pies de mujer madura, llamada María Clara, que tanto había marcado mis
sensaciones con sus pies incomparables, una tarde en una señorial mansión.
Es así que llamé a Sandrita, mi dulce profesional de los
deditos al natural y le conté algo de lo que sentía. Quedamos en conseguir otra
entrevista, esta vez, no para el placer de cinco damas encumbradas y aburridas,
aunque de buenos pies, sino para YO sentir el placer entre los dedos de los pies
de María Clara.
Al otro día al mediodía me llamó a mi celular y combinamos en
que me pasaría a buscar por un barcito conocido a eso de las seis de la tarde.
María Clara quería otra gran sesión de chupada de pies de mi parte. Y si era
buena, habría premio para mí.
A la hora convenida me pasó a buscar, llegamos a la elegante
casa de María Clara. Al tocar la puerta, ella misma salió a recibirnos. Alta,
algo arrogante, con esa media sonrisa en su cara, nos recibió con disimulada
satisfacción.
Estaba para comérsela. Vestido de seda azul marino, muy bien
peinada, aros grandes de oro en las orejas y pulseras en las muñecas.
Los pies, sublime fin de sus encantos, enfundados en
sandalias azules con strass, una pulsera abarcaba el tobillo y sostenía la
sandalia por detrás, una sola tira delgadísima cruzaba por encima del nacimiento
de sus portentosos deditos. Las uñas pintadas de rojo sangre, se destacaban al
final de los dedos fuertes, grandes y arrebatadores que tanto me habían
enloquecido.
Tras el diálogo de rigor, pasamos a la habitación de la
primera vez. Allí Sandrita se sentó algo alejada en un diván, como para no
perder de vista el espectáculo.
María Clara se apoltronó en un sillón, cruzó sus
interminables piernas y dejó balanceando en el aire su sublime pie izquierdo.
Sonriendo pícaramente, mitad orden, mitad ruego, me dijo que la descalzara. Lo
hice con profesionalismo, rozando apenas con los dedos su piel madura pero
suave, desprendí la pulsera de la sandalia, y dejé que por unos segundos se
sostuviera retenida por la tirita que pasaba por el nacimiento de sus
voluptuosos dedos. Mi verga estallaba de calentura. No perdí oportunidad de
devorar esos dedos con los ojos, y sentí entre algodones, la voz grave,
acariciante y desesperada de María Clara que me decía:
¡¡¡¡ Chúpame los dedos, lameme los pies, por favor !!!!
Me aboqué a la tarea con entusiasmo. La tomé por talón y
comencé apenas besando suavemente las yemas de los dedos para hacerla desear
más. Después seguí con el dedo mayor, me lo metí a la boca, y haciendo succión
lo moví hacia adentro y hacia fuera de mi boca, sin soltarlo nunca. Continué con
cada bellísimo dedito, hasta llegar al más pequeñito. No dejaba de mirar sus
uñas rojo sangre, desenfocadas a esa distancia, pero deseables, ¡ y cuánto !.
María Clara embelesada no dejaba de mirar mi tarea, mientras
su respiración se iba haciendo pesada a medida que avanzaba en mis lamidas y
chupadas. Levanté su pie hacia arriba y me dediqué a sus plantas suaves,
mordiendo con pasión la parte más gordita bajo el dedo gordo de su maravilloso
pié izquierdo.
Dejé ese portento de belleza enganchado en el brazo del
sillón, cosa de no perderlo de vista, y con la misma lentitud descalcé su pie
derecho, lamí las marcas de las tiras del calzado sobre la piel, y con
dificultad, pero con placer me llevé todos los dedos a la boca de una sola vez.
De allí pasé a mover mi lengua entre sus dedos, deteniéndome varios segundos en
el espacio entre cada uno, sintiendo esa piel salada pero deliciosa. Me di
cuenta al chupar cada dedito que el que más la hacía suspirar, era el segundo,
carnoso, y ligeramente más largo que el dedo gordo. A ese me dediqué mientras
ella aumentaba el ritmo de su respiración. Se metió la mano bajo la bombacha,
azul como el vestido y se acarició la mojadísima vagina.
Mientras chupaba los dos dedos más sensibles, de ambos pies
al unísono, empezó a gemir, subiendo el tono hasta que se convirtió en un rugido
de placer. Tembló como una hoja, se convulsionó y se desmadejó en el sillón, sin
sacar los dedos de sus pies de mi boca. Seguí succionando hasta que sus pies
cayeron sobre mi regazo, exhausta su dueña.
No dejé de acariciarlos y besarlos suavemente.
Cuando recuperó el resuello se acostó boca abajo en la
alfombra, flexionó las rodillas colocando los pies con las plantas hacia arriba,
y ofreciéndome nuevamente sus deditos a mis habilidades. Retomé el trabajo, y
mientras chupaba dedito por dedito ella restregaba su pubis contra el suelo, y
meneaba sus redondos y aristocráticos glúteos. De pronto, sentí que me clavaba
los dedos en la boca, comenzaba su gemido y se hamacaba locamente sobre su
vientre. Otro brutal orgasmo la derrumbó cuan larga era sobre la alfombra.
Yo me acosté y apoyé mi mejilla sobre sus plantas
maravillosas.
Al rato, movió los deditos bajo mi cara y me dijo, sacá la
verga y arrodillate que hay algo para vos.
Así lo hice, y ella, colocando un almohadón bajo sus caderas,
levantó sus pies descalzos hasta mi bulto duro y recaliente y lo envolvió entre
esos dedos con uñas rojas. ¡ Qué delicia ese contacto ! Sus dedos iban y venía
por mi miembro, desde los testículos hasta la cabeza, sus yemas me llevaban a la
agonía del placer. El movimiento me hipnotizaba y la visión y el contacto de
esas uñas y esos dedos me llevaban a la desesperación por un orgasmo. De pronto
me di cuenta que mi vejiga no daba más, eran varias horas desde que salí de
casa. Quise retirarme, pero ella me preguntó que pasaba, le dije, y para mi
sorpresa, y la de Sandrita que no perdía escena, me dijo:
¡¡¡¡¡¡ Orinate entre mis dedos, quiero que lo hagas,
orinate entre mis pies. Me calienta que hagas eso !!!!!!
Hipnotizado por sus palabras, miré a Sandra que me hizo señas
que sí con la cabeza, y a pesar de la calentura, lentamente, por la próstata
inflamada de ganas de eyacular, comencé a orinar esos dedos portentosos, que no
dejaron de aprisionarme el miembro en esa cuna deliciosa que forman los dedos de
los pies de una mujer como María Clara ni de moverse a lo largo de mi verga. Al
fin el pis comenzó a salir en un chorro continuo, inundando los dedos, los pies,
las plantas, las pantorrillas de María Clara, parte de sus muslos y su culito
enhiesto, y la alfombra por supuesto, con pequeñas cascadas amarillas.
No fue como un orgasmo, pero se le parecía tanto, mi vejiga
sintiéndose aliviada, mi uretra con líquido caliente y esos portentosos diez
dedos que iban y venían velozmente sobre mi miembro mientras el chorro de orín
no se detenía. Estaba sintiendo un placer preliminar como nunca lo había
sentido. Cuando terminé de orinar, María Clara redobló la velocidad de la más
formidable y extraña paja con los pies que alguna vez me hubiesen hecho. Era
tanta la excitación por la situación, por la meada, por los pies maravillosos,
que parecía que me iba a desmayar de placer, hasta que estallé en una
maravillosa eyaculación que llenó de leche caliente y espesa esos dedos y esas
plantas incomparables. Un acre olor, que no olvido más, mezcla de semen y de
orín me subió a la nariz. Ese fue desde siempre el sello que me recordaba a
María Clara.
Cuando recuperé el resuello, todavía arrodillado, María Clara
me recostó en el suelo, me dio un beso en la mejilla, y me dijo:
Las damas aristocráticas también somos unas cochinas,
apuesto que nunca te hicieron esto tus amigas.
No, le dije, nunca, fue sumamente placentero. ¿Cómo se te
ocurrió?
No sé me salió, y me encantó. Lo repetiremos. Si vos me
chupás los pies como únicamente vos sabés hacerlo.
Recibí mi sobre, salimos con Sandrita. Y cuando arrancó el
auto, me dijo:
Y yo que creía haberlo visto todo... una de las mujeres
más ricas y fashion del país, con los pies llenos de leche y una orinada de
película. Que encima quiere más.
Y yo, el chupadeditos, con el delicioso sabor de los pies
de una de las mujeres mas aristocráticas de la ciudad en la boca, y el
secreto inconfesable de sus pies en mi verga insaciable de bellos deditos
femeninos