El maestro rural
Ser maestro rural en una escuelita perdida en la mitad de
aquel campo interminable le estaba resultando difícil. Los niños venían a
estudiar desde varios kilómetros a la redonda: algunos caminando, otros a
caballo, otros en algún tipo de transporte… Todos, a su manera, hacían el
esfuerzo diario de trasladarse hasta allí para estudiar. Los tenía de
todas las edades: desde 5 años hasta 12 o 13 años, y a todos les daba la
misma atención y el mismo afecto.
Como en todas las escuelas había niños más inteligentes y
avispados y otros más tímidos o no tan vivaces. Y también estaban los
traviesos y casi incorregibles. Él no estaba de acuerdo con el castigo
físico a los niños; su pensamiento era que si un niño no estaba bien educado, la
responsabilidad era de los mayores que estaban a cargo de él, que le permitían
de una forma u otra comportarse así. Ese era el caso de Alicia, la niña de
8 años cuya mamá la consentía de forma constante, y ese detalle no le permitía a
él corregirla de la forma adecuada. Si le mandaba alguna tarea para la
casa, era probable que su mamá no le obligara a hacerla o que ni siquiera se
ocupara de ver si la realizaba o no. Alicia respondía bien en la escuela,
pero fuera de ella… Definitivamente, el problema era la mamá y no la niña!
Por eso la había llamado para que lo fuera a ver después de las clases, que
terminaban a las 4 de la tarde. Y eran casi las 5 y aún no aparecía…
Puso el agua hirviendo en el termo, le puso la yerba al mate
sin llenarlo demasiado, un chorrito de agua tibia para hinchar la yerba sin
quemarla, y la bombilla se abrió camino solita hasta llegar al fondo del
porongo. Un chorro de agua caliente sobre el costado de la bombilla y…
salió un mate perfecto con espuma y todo!! Era todo un ritual aquello de
preparar el mate.
Salió a la puerta de la vivienda que ocupaba pegada a la
escuela. Le gustaba matear sentado en el porche de la casita, en las
tardes, mientras los tonos rojizos del atardecer teñían el campo. Esa gama de
colores rojos, de los más suaves a los más púrpuras, le recordaban cierta parte
del cuerpo femenino después de... Mejor pensaría en otra cosa. Esta
era su hora de tranquilidad, de sosiego, de paz. Se lo merecía después de
lidiar todo el día con los niños…
A lo lejos divisó una figura a caballo. De seguro era
Laura, la mamá de Alicia. Laura era una mujer adulta, de algo más de 30
años, estatura regular y una bella figura. Hacía unos tres años que su
esposo la había abandonado, y desde entonces ella se dedicó solo a su trabajo y
a su hija, a la que le daba todos los gustos que podía y sin darse cuenta la
estaba haciendo caprichosa y malcriada.
Miró la escena como quién mira una obra de arte: una
bella amazona con la larga cabellera negra al viento, vestida con la ropa
apropiada para cabalgar, un corcel blanco contrastando con los colores del
atardecer,… todo un espectáculo!
Le dio una vuelta a la bombilla, cebó otro mate y esperó a
que ella desmontara.
-¡Hola maestro! Buenas tardes…
-Buenas tardes Laura ¿cómo está? Tome asiento. ¿Un mate?
-Sí, gracias. A esta hora nunca desprecio un buen “cimarrón” -le
dijo mientras estiraba la mano- Leí la nota que me envió con Alicia y aquí
estoy. ¿Qué pasa ahora? ¿Qué hizo Alicia esta vez?
-Alicia es una niña buena y solo hace lo que le permitimos hacer. Aquí en
la escuela es una maravilla: se porta bien, es responsable, presta atención en
clase… sólo alguna vez me tengo que poner un poco más rígido porque ella
se encapricha y quiere hacer su voluntad, pero enseguida entra en razón.
-Entonces no entiendo cuál es el problema.
-El problema son las tareas que tiene que hacer en el hogar: no las trae,
o no las hace, o si las hace están descuidadas y sucias… Por eso pedí que
viniera hasta aquí Laura, para hablar con usted.
-¿Y qué pretende que haga yo? Le digo que haga sus tareas, pero se pone a
jugar y como yo tengo mucho que hacer…
-Laura, no es la primera vez que tenemos una charla como esta –le dijo con tono
recio.
-Lo sé… ¿porqué no le da usted unas nalgadas para que haga las cosas bien?
-¿Yooooo?? Pero… usted sabe perfectamente que yo soy contrario a ese tipo
de castigos en los niños por parte de los maestros. Eso debe hacerlo usted
que es su madre. Además… ¿sabe qué? A la que hay que poner en
su lugar antes que a nadie ¡es a usted! Yo no responsabilizo a la niña por
no hacer su tarea, sino a usted!
-¿A mí? ¿Y a mí porqué?
-Porque los padres en general y las madres en particular, son las personas
responsables de la educación de los niños. Por mucho que yo hago aquí,
todo es en balde debido al tratamiento que le da usted a la niña en su casa.
Laura se puso de pie, algo enojada. Se cruzó de brazos
y comenzó a caminar nerviosa de aquí para allá.
-Ahora bien Laura -le dijo el maestro-
¿para que cree que la hice venir hasta aquí? ¿Para repetirle una vez más
lo que ya sabe usted de memoria? No Laura, esta vez NO!
-¿Entonces…? –le contestó ella con aire desafiante y los brazos en jarra- ¿para
qué me hizo venir?
El maestro, sentado como estaba, giró su cuerpo para apoyar
el termo y el mate en la mesita que tenía al costado. Con toda la
parsimonia comenzó a remangar su camisa y le comenzó a hablar:
-La hice venir para enseñarle lo que debe hacer y cómo lo
debe hacer. La hice venir para hacer realidad y llevar a la acción todas
las palabras que le dije hasta ahora. La hice venir, querida Laura… para
esto!
La tomó del brazo y sin ningún miramiento la colocó sobre sus
rodillas antes de que ella pudiera reaccionar. Debió apoyar sus manos en
el piso para sostener el equilibrio. El maestro miró con regocijo el
espectáculo que se presentaba ante sus ojos: los pantalones de montar, de
tela elástica, dejaban muy bien marcadas las nalgas redondas y turgentes.
El pelo, negro y lacio, le caía hacia delante y tocaba el suelo. Tenía los
pies casi en el aire…
-Pe… pero… maestro!! ¿Qué es lo que piensa hacer?
No se atreverá usted a… aaaayyyy!!!
-Ya me estoy atreviendo –le dijo junto a la segunda nalgada- Para que su
niña aprenda, ¡aprenderá usted primero! Plas, plas, plasss, plas…
Laura comenzó a corcovear como esos caballos que a veces
solía montar… Movía sus piernas, levantaba sus manos de a una:
usaba una para no perder equilibrio, y la otra para interponerla entre la mano
del maestro y sus doloridas nalgas.
-Basta señor maestro! Basta por favor!! Ya
entendiiiiiiiiiiiiiii…
El maestro se detuvo y la ayudó a ponerse de pie. Laura
comenzó a refregarse su colita con vigor.
-Ayyy, qué ardor! Ya me voy…
-Noooooooo, qué va! Usted se queda aquí señora, todavía el castigo no
comenzó…
-¿Qué cosa?
-Pase al salón de clases
-Pe…
-¡SIN PEROS! ENTRE A LA CLASE… ¡YA!
Estaba un poco asustada. Jamás había visto al maestro
tan enojado y tampoco se hubiera imaginado jamás que le haría algo así a ella.
Pensó que más le valía obedecer…
-Tome una tiza y escriba en el pizarrón: “Es horrible
la falta de educación y de obediencia, dado que son valores imprescindibles en
esta vida”.
Laura obedeció y escribió:
“Es orible la falta de educasion y de hovediensia, dado que son balores
inpresindivles en esta vida”
El maestro no hizo ni una sola mueca. Solo se quedó
mirando el pizarrón… Luego de un momento, miró a Laura y le dijo:
-Venga por aquí por favor, de este lado del escritorio,
frente al pizarrón. –Laura cumplió la orden- Ahora, dígame algo:
¿cree usted que lo que escribió, está escrito correctamente?
Laura clavó los ojos en el pizarrón y le espetó:
-Por supuesto que está escrito correctamente.
-Está usted segura, ¿verdad?
-¡Estoy totalmente segura de eso! -contestó sin pensarlo.
-En ese caso, estará usted dispuesta a recibir 10 azotes por cada falta de
ortografía.
-No hay faltas… -dudó un segundo- ¿o sí?
-Sí las hay. Muchas y muy graves!
Se acercó al pizarrón y mientras subrayaba las palabras
incorrectas, le comenzó a decir:
-horrible: dos faltas… Por favor!!
Realmente horrible!!!
-educación: dos faltas
-obediencia: tres faltas. Dígame Laura, ¿realmente conoce esta
palabra?
-valores: una falta
-imprescindibles: ¿¡cuatro faltas!?
-Laura, pase y corrija esas palabras.
De muy mala gana y arrastrando los pies, hizo las
correcciones. Escribió:
-horible
-educacion
-obediencia
-valores
-inprecindivles
El maestro no lo podía creer!!
-Laura, si bien está mucho mejor, no entiendo… ¿cómo es
posible? ¿Fue usted a la escuela?
-Por supuesto que sí. ¿Qué pasa? ¿Todavía están mal?
-Por supuesto que sí… -le dijo el maestro en tono de burla- Necesita
usted venir a la escuela… casi tanto como su hija! Y lo hará!
-¡Claro que no, no lo haré! Yo no tengo edad, ni tiempo ni ganas!
-Vea usted Laura, tiene dos opciones. La primera será que venga usted a la
escuela, y a cambio sólo le daré a usted la mitad de los azotes que se ha ganado
hasta ahora, que suman 170.
-¿¿Cómo?? ¿17 faltas?
-Exacto. Está usted mejor en matemáticas que en ortografía.
-No me gusta la primera opción. Dígame cuál es la segunda…
-La segunda opción es que siga escribiendo las palabras que están mal
escritas y seguir sumando azotes hasta que las escriba correctamente… Y
recibir hoy la totalidad de los azotes. ¿Qué prefiere?
Laura no sabía que contestar: miraba las palabras en el
pizarrón y… ¡para ella estaban perfectas! ¿17 faltas? Quizás no
fuera mala idea concurrir a la escuela, pero… qué humillante! Pero era
preferible recibir 85 azotes que 170. Y solo para comenzar, porque…
quién sabe qué cantidad más!! Bueno, volver a la escuela también era una
forma de ver al maestro, de ver más seguido a ese hombre que tanto le gustaba.
La azotaína que le había propinado hoy, la había dejado… ¿excitada?
No, eso no era posible… ¿o sÍ?
-Maestro, creo que lo mejor será volver a la escuela –le dijo
con la cabeza baja.
-Sabia decisión Laura. ¡Felicitaciones! Para no interrumpir
demasiado su trabajo, vendrá martes, jueves y sábados durante 3 horas cada día.
-Sí maestro…
-Bien, ahora baje su pantalón y ponga el vientre apoyado en el escritorio.
-¿Lo qué?
-Me oyó perfectamente. ¡HÁGALO! Le quedan 85 azotes… a menos
que quiera que sean más.
No lo tuvo que repetir. Se bajó los pantalones hasta la
altura de la rodilla y se puso como el maestro se lo había indicado.
Él se acercó por detrás de ella, le apoyó la mano izquierda
en la cintura y comenzó a azotarla con la mano una vez más: plas, plas,
plassss… Los golpes eran fuertes, secos, parejos y los esparcía de forma
uniforme. Laura no quería llorar, pero el ardor se le estaba haciendo
insoportable! A medida que los golpes iban cayendo, la braga se le iba
metiendo entre los cachetes, que iban perdiendo su color rosáceo para tornarse
del color de la flor del ceibo: rojo!
-Por favor maestro, ya no me pegue más!
-Querida Laura… tú eres buena en matemáticas, y si contaste los azotes,
apenas llegamos a los 30! Pero está bien. Dejaré de azotarte con la
mano…
-¡Gracias! -le dijo ella mientras hacía un amague para levantarse los
pantalones
-Pero ¿qué vas a hacer?
-Voy a ponerme los pantalones para irme…
-¿Los azotes te habrán dañado el oído? Dije que ya no te azotaría “con la
mano”. Los azotes que te di hasta ahora fueron 30. Dime Laura,
¿cuánto es 85 menos 30?
-…
-¿Laura? ¡Contesta! –y le dio una nalgada tan fuerte que la hizo saltar.
-¡55 señor maestro! ¡55!
-Bien… esos son los azotes que te daré… con la regla!
-Nooooooooooo!!!
-Y deja de moverte si no quieres que los aumente -le decía mientras sus
calzones iban a parar a la misma altura que tenía el pantalón- y abre un
poco tus piernas.
La vergüenza no podía ser mayor: allí estaba ella,
frente al maestro, mostrando sus partes más íntimas y totalmente expuesta ante
él. La regla fue cayendo implacable sobre su trasero: 10, 20, 40, 55
veces… Las lágrimas de Laura habían corrido por su rostro junto con el
poco maquillaje que llevaba puesto. Tenía su culito tan colorado y
maltratado que apenas se podía mover. Sería una larga cabalgata de
vuelta hasta la casa, ¿cómo haría para regresar? Cuando estaba concentrada
en sus pensamientos y en su dolor, sintió algo húmedo y tibio en sus posaderas:
era el maestro, que tiernamente le aplicaba paños tibios para calmarle el dolor
y la hinchazón.
-No te preocupes por tu regreso a casa Laura. Yo te
llevaré en mi vehículo y mañana te enviaré el caballo. Espero que esto te
sirva de lección.
Mientras le hablaba le iba aplicando las compresas.
Entre estas y las palabras susurrantes del hombre, Laura comenzó a
calmarse lentamente.
Esa misma semana el maestro comenzó a darle clases; la
ortografía y cultura general de Laura mejoró increíblemente en poco tiempo.
Lo que no se terminaba de explicar el maestro, era porque a
partir de que tenía a Laura como alumna vespertina, varios de sus alumnos traían
las tareas que mandaba para el hogar hechas un desastre. En fin, tendría
que hablar con las otras madres también…
FIN
Ana Karen
Montevideo, 30 de octubre de 2005