Marta
Un joven tiene una aventura con la esposa de un amigo de sus
suegros.
En octubre tuve que viajar a Mar del Plata por razones de
trabajo. Me desempeño como ejecutivo de una empresa de servicios mediana y a
veces mis obligaciones me llevan a visitar clientes en todo el país.
Resultó que para ese viaje en particular, mi suegro me pidió
que me alojara en su departamento y controlara que todo estuviera en orden para
la temporada de verano. Ese año, su intención era viajar en diciembre y pasar
hasta marzo las vacaciones.
Yo acepté. El departamento es muy lujoso y no me faltaría ni
privacidad ni comodidad.
Ahora me describiré. Me llamo Mario y tengo 40 años. Mido
1,90 y soy de complexión muy trabajada en el Gym. Mi esposa siempre dice que
estoy demasiado bien para mi edad y vive enferma de celos.
En fin. Viajé en mi auto y a llegar ingresé al
estacionamiento del edificio, estacioné y con el equipaje en mano me encaminé al
ascensor. El edificio está prácticamente vacío en esa época del año dado que los
propietarios son todos de Capital Federal y mantienen sus departamentos cómo
residencias de verano. Sin embargo, esperando el ascensor me encontré con Paco
Molina.
Paco es un amigo de mis suegros que es dueño del 4 B (Mis
suegros tienen el 4 A). Es un hombre de unos 65 años, muy adinerado y retirado
de sus negocios por problemas de salud. Paco había incurrido en muchos excesos y
eso había resentido su cuerpo. Mi suegra solía referirse a el despectivamente
señalándolo como un putañero amante de la vida de cabaret. Lo cierto es que a
Paco le gustaban las mujeres y la buena vida y gracias a su dinero siempre
conseguía alguna mujer que hiciera las veces de esposa. Hay que reconocer que
las mantenía bien. La última había muerto en un accidente luego de dos años de
compartir su vida y pocos meses después Paco había presentado a otra, Marta.
Marta tendría unos casi 50 años y se notaba que Paco la había
conocido en la movida nocturna. Al juntarse con Paco, Marta había hecho
esfuerzos muy grandes por refinarse y yo diría que en la superficie lo había
logrado, aunque hay cuestiones en las que "si natura non da, Salamanca non
presta". Aún así, Marta siempre vestía lo mejor y se la veía impecable. El
problema es que al ingresar al círculo social en el que mis suegros formaban
parte, debía sufrir la envidia de las sesentonas que no le perdonaban su pasado
ni su muy bien conservado cuerpo. Vamos, Marta estaba buenísima.
Paco me saludó con efusividad. Yo había cultivado su amistad
más allá de mis suegros y se veía que el tipo me apreciaba mucho. Me comentó que
había decidido tomarse unos días de vacaciones adelantadas para jugar al golf y
tratar de que el aire marino aliviara sus achaques. Charlamos un poco en el
ascensor y al despedirnos me comprometió a que saliéramos esa noche a cenar, a
lo cual accedí.
Encontré e departamento muy bien, guardé mi ropa y cómo aún
había tiempo salí a ver un par de clientes.
Regresé con el tiempo justo para cambiarme y a las 21 estaba
sentado en el paquete lobby del edificio esperando por mis vecinos.
Ellos no tardaron de bajar. Cuando se abrió el ascensor y
Marta salió en primer lugar, mi pija sufrió un chispazo en la punta.
Marta llevaba un vestido muy ceñido de tirantes que llegaba
casi hasta la rodilla, medias de nylon color carne y unos zapatos de tacón que
resaltaban una piernas de ensueño. Su cabellera rubia tenía una cola y sus ojos
estaban sombreados de una manera que exaltaban su belleza. Lo remataba todo con
un par de aros redondos de oro del tipo argolla.
Al verme sonrió y me dio dos besos en las mejillas. Yo noté
que sus ojos me observaban extrañamente mientras elogiaba mi aspecto.
Paco también me saludó afectuosamente y en su Mercedes fuimos
a un conocido y carísimo restaurante.
La cena transcurrió con normalidad. Paco me preguntaba por
los negocios y Marta por las novedades de la familia. Yo hacía esfuerzos por
mirarla lo menos posible. Esa mujer era una diosa.
No pude dejar de notar la cantidad de alcohol que Paco
consumía. Durante toda la cena fueron tres botellas de buen tinto, del que yo
sólo bebí dos vasos y Marta quizás menos. De hecho, en algún momento, ella
regañó a Paco y le recordó que con los medicamentos que estaba consumiendo no
era conveniente abusar. Pero Paco la rechazó de mala gana. Así fue que el
regreso fue un calvario, porque Paco se negó a ceder el volante y se veía que el
auto iba a los "bandazos" por las vacías calles.
Cuando bajamos en el garage la cosa ya fue indisimulable y
tuve que cargar a Paco totalmente ebrio hasta su departamento mientras Marta se
debatía entre la vergüenza, el silencio y la indignación.
Acompañé a Marta al interior del departamento y la ayudé a
desvestir a Paco y acostarlo. También me quedé mientras Marta le suministraba
alguna medicina y luego, un poco abrumado, me despedí y me retiré para dejarlos
en la intimidad. Paco ya estaba dormido.
Cuando cerré la puerta de mi departamento resoplé pensando en
la difícil noche que acababa de pasar.
No habrían pasado diez minutos cuando escuché unos golpecitos
en mi puerta. Abrí extrañado y me encontré con una sorpresa. Era Marta. Vestía
un negligé casi transparente que le llegaba hasta la mitad de su pantorrilla y
calzaba los mismos zapatos de tacón que había llevado durante la cena. Estaba
para cogerla, con el orbo de su marido durmiendo pared de por medio.
-Perdona, me dijo, Quería pedirte disculpas por el bochorno.
Su voz era temblorosa, cómo si estuviera a punto de romper a
llorar.
Yo la invité a pasar y cerré la puerta. Ella se desarmó y me
abrazó llorando en mi pecho.
-No sé que hacer, me dijo. Paco no se cuida y me trata muy
mal.
Yo intenté calmarla un poco. Pero tener esa mujer tan pegada
a mi cuerpo era caminar en el filo de una navaja. Le ofrecí un trago que ella
aceptó.
Mientras le servía un Whisky, noté que debajo de su negligé
se transparentaban sus senos de cirugía y sus pezones duros y una tanguita negra
que apenas tapaba su rajita y que se metía profundamente en su culito. Además su
cintura estaba rodeada una cadenita dorada, lo mismo que en su tobillo.
Le acerqué el whisky y ella lo bebió de un trago.
Yo tomé el vaso y lo coloqué sobre la mesa. Ella estaba en
silencio y me miraba con ojos muy lujuriosos. No se opuso cuando le quité el
negligé y la dejé en bolas tan sólo con sus zapatos de tacón puestos y su
tanguita. Marta era escultural.
Entonces empecé a besarla en el cuello y ella respondió con
suaves gemidos. Yo acariciaba su culito duro y tomándola de la cintura la
conduje a la habitación. La senté en la cama y me dediqué a comerle el coño. Sus
flujos llenaron mi boca. Ella acababa sin parar. Aparté su tanguita y la penetré
con fuerza. Ella estaba como loca. Me arañaba la espalda. Yo no podía creer que
me estaba cogiendo esa hembra amiga de mis suegros.
-Vamos putita, grítalo en mi oreja si quieres ganarte tu
dinero, le dije con crueldad.
Ella pareció calentarse con mis palabras y gritó su orgasmo
en mi oído. Mi polla estaba a reventar perforándole el coño, pero yo estaba
dispuesto a aguantar para reventarla como esa hembra merecía.
Estuve bombeándola un buen rato. Ella no paraba de acabar.
-No sé cómo una hembrita como vos se deja tocar por ese viejo
de mierda. Me das asco perra.
Ella se sacudía por mis palabras.
La di vuelta y presente su culito para penetrarlo. Antes de
hacerlo me detuve un segundo para admirar a la perra en celo. Luego la penetré
con fuerza.
- Si papi, rompeme toda. Soy tu puta, tu hembra. Cogeme bien
papi. Así, así ahhg.
No sé cuantos polvos le puse esa noche. Pero casi no podía
caminar cuando se fue.
Antes de salir, me prometió que nos veríamos en Buenos Aires
y me chupó bien la pija.
No puedo explicarles el pacer de ver esa hembra de rodillas
con mi instrumento en su boca y chupando como poseída.
Después de esa noche cogimos un par de veces más antes de que
yo me fuera, pero eso se los cuento después.