Cada uno elige su estilo de vida. Es uno de los dones que nos
permite el libre albedrío, y aunque quisiéramos culpar al destino, a nuestros
padres o el medio en el que nos desenvolvimos, la verdad es que cada quien
escoge lo que va a ser su vida.
A riesgo de parecer aburrida reflexiono lo anterior, la culpa
me da pequeños momentos de lucidez en los que dudo si estoy haciendo lo que
quiero realmente. Algunas veces lamento no haber aprovechado las oportunidades
que he tenido para ser alguien común y corriente. Quisiera poder volver la
mirada atrás sin sentir vergüenza, pero eso es imposible.
Desde que tenía 11 años aprendí que el cuerpo de una mujer
puede sentir emociones únicas, que la sexualidad existe desde que nacemos y que
explorar las posibilidades puede llegar a ser adictivo.
A esa edad el padre de mi madrastra me acariciaba los pechos
en desarrollo y me hizo conocer lo que es un orgasmo cuando sus manos ancianas y
viciosas recorrían mi intimidad a cambio de unas monedas. Yo no sabía entonces
lo que eso significaba, pero estaba aprendiendo a disfrutar de las íntimas
caricias y de los placeres carnales. Antes de los 12 años fui violada por el
hijo de éste mismo hombre. Me llevó al desván y me forzó a recibir su miembro
ferozmente erecto en mi culo infantil. Temía consecuencias y no quiso
arriesgarse a tomar mi vagina, pero el daño que me produjo fue mayor aún. La
violación anal me lastimó físicamente y dejó una huella imborrable en mi
inconsciente.
En esa casa de familiares políticos, otro hombre joven,
hermano de esta bestia abusadora también puso sus ojos y sus manos en los
atributos aún infantiles de esa chiquilla que empezaba a perder su inocencia
abruptamente. Sus ojos verdes y rubios cabellos contrastaban con las morenas
pieles de los miembros de la familia que la rodeaban. Una familia con 5 hijos
varones y la única hija mujer era mi madrastra. Mis pechos crecían y atrapaban
las miradas de aquellos tíos políticos que oscilaban entre los 18 y 26 años.
Constantemente era cortejada por quienes se llamaban mis "tíos" solo por ser los
hermanos de la esposa de mi padre.
El más joven de ellos fue mi primer amor, tenía apenas 12
años y perdí mi virginidad pensando que eso era el amor verdadero. Al menos él
no me forzó a nada, aunque supo lo que me hizo su hermano, y a sus 18 años sabía
que abusaba de la inocencia de una niña de doce. Pero ese sigue siendo un buen
recuerdo dentro del infierno vivido en aquella casa.
Así transcurrieron los últimos años de mi infancia y los
primeros años de mi vida sexual. Sin darme cuenta yo había adquirido una actitud
muy liberal y prematura frente al sexo. En la preparatoria decenas de manos
recorrieron mi cuerpo, decenas de lenguas me llevaron a los límites del placer y
muchos miembros masculinos conocieron mi intimidad ardiente y promiscua. El sexo
parecía ser mi más grande don. Los chicos me seguían y los maduros me rondaban.
Cuando la relación de mi padre con mi madrastra llegó a su
fin definitivamente yo me fui a vivir con él. Él era entonces casi un
desconocido para mí, yo tenía 19 años y un largo camino recorrido en las artes
de la lujuria. No tardó mucho en llegar el incesto y admito que fue maravilloso,
aunque no terminó nada bien; para ese entonces yo no podía controlar mis
instintos con dos copas encima y en una reunión con mi padre y unos amigos
suyos, fui violada por todos cuando mi padre enfureció al verme morreando con
uno de ellos.
A partir de ese instante los sucesos se han ido
desencadenando dramáticamente. La única pausa en mi vida fue el matrimonio
maravilloso con Ulises, un hombre bueno y educado que no sabe nada de mi vida
pasada y con quien viví 3 años muy felices hasta que comenzaron sus viajes
constantes. Ausencias que se prolongaban lo suficiente para hacerme caer
nuevamente en las manos del vicio que tengo, el vicio del sexo prohibido.
Sexo apresurado con hombres sudorosos y feos que entran a mi
casa a hacer labores de "reparación", manos rasposas que introducen gordos dedos
en mi sexo ardiendo en ganas de ser penetrado, lenguas extrañas que sorben los
jugos del placer exquisito, el néctar de la pasión sin dueño, de la lujuria
desmedida que no mira depositarios, sino mide intensidades, orgasmos y locura.
Vergas grandes, pequeñas, gordas, todas ellas, sin excepción alguna, gozando de
una vagina ajena, disfrutando la deliciosa sensación de lo prohibido y lo sucio.
Palabras ofensivas que llenaban mis oídos de ganas de cumplir con su
significado, de ser una puta barata come pollas y de sufrir los embates de una
buena verga en mi ser pecaminoso y adultero. Litros de leche de hombre en mis
labios, en mis senos, en mi culo, en mi interior intimo, leche que he disfrutado
como si de aceite esencial se tratara para hacer más suaves mis caricias en
pezones erectos, vulva enrojecida e hinchada de pasiones y las comisuras de mis
labios que siempre dicen "¡Dame más!".
No existe cosa alguna que yo no haya probado con el hombre en
materia de sexo. He disfrutado la locura, el encanto, el éxtasis y el llanto. Me
han poseído en mi cinco sentidos, mi boca ha disfrutado el sabor de la semilla
del macho y se ha deleitado con la sensación indescriptible de comer un buen
falo ardiente, cuyo tronco se hace más firme y largo al ritmo de las caricias de
mi lengua y mi vagina ha sido anfitriona cálida de brutales posesiones, de
viciosas embestidas y crueles orgasmos que inundaron mis sentidos en una visión
borrosa de placer y lagrimas. Pero también ha recibido miembros tibios, cuya
delicadeza me ha transportado poco a poco, en rítmica danza sudorosa con coros
monosílabos y sábanas húmedas a los linderos del límbico paraíso erótico,
acompasados gemidos y besos que acallaban mis gritos y súplicas lujuriosas y que
hicieron a aquellos miembros invitados en mi interior estallar en lágrimas de
semen hirviente y espasmos de alegría sexual.
Mi cueva más pequeña, aquella que tienta a ser tomada cuando
como gata en celo levanto la cola en cuatro patas, también ha sentido un cúmulo
de sensaciones indescriptibles, también ha sido robada por brutales bestias
enfurecidas y mimada por embravecidos falos incansables que se sumergen
disfrutando el tacto de sus estrechas paredes, la deliciosa sensación
experimentada en repetidas entradas y salidas húmedas y ardientes mientras unos
dedos, o quizá otro falo, estimulan a su compañera de placeres en la entrada de
la vagina infiel. Nada es comparable a eso, la explosión de sensaciones y el
frenético meter y sacar en ambos huecos de placer. Sentir que el cuerpo no te
pertenece y que a cambio dos hombres se disputan por el premio de tu orgasmo al
mismo tiempo. Saber que el dolor y el éxtasis se mezclan en la prohibida
posesión de cada una de tus entradas y que pronto explotarás en una lluvia de
líquidos y espasmos como si enchufada a una caja de alto voltaje estuviera.
Pero ¿qué hay del amor que queda tras la agonía del éxtasis?
Cada uno de esos compañeros que me hacen temblar el cuerpo se convierten en
sapos al final del embrujo. Solo Ulises, mi marido, es capaz de embobarme en
cursis miradas y tardes de TV en el sofá de nuestra sala. Solo sus brazos pueden
confortarme cuando me siento infinitamente sucia y anhelante de sosiego. Aunque
su cuerpo no me baste para calmar los fuegos, solo él es a quien amo y no
quisiera despertar un día sabiendo que jamás volverá.
Por eso escribí este texto ahora, porque mi intimidad aún
tiene los restos de la infidelidad nocturna, aun me recorre un choque eléctrico
cuando evoco los explosivos momentos vividos hace unas horas con aquel extraño
del bar que conocí anoche sin querer. Me es tan difícil frenar cuando descubro
un miembro erecto por mi cercanía, y pienso que jamás podré abandonar este
vicio. ¿Alguien sabe qué puedo hacer al respecto?