-¡Que te la folles te digo, cabrón!
Qué gusto pronunciar esas palabras mientras encañonas a tu
novio (quizás a esas alturas ya era mi ex, pero esos matices son difíciles de
introducir en una situación tan poco frecuente), que te mira angustiado con los
ojos fuera de las órbitas, el sudor formando ríos en su frente y una fulana
acojonada pegada a su polla.
Yo soy buena gente, de verdad. Pero para ser buena no hace
falta ser idiota, y los devaneos de Alberto me los olí desde el principio. Me
costó horrores ascender en la empresa y hacerme cargo de un puesto de
responsabilidad que me exigía viajar constantemente entre Madrid y Barcelona, y
Dios sabe que hice cuantos esfuerzos estuvieron en mi mano para que la relación
se resintiera lo menos posible. Y cuando Alberto me dijo: "tranquila, Silvia,
coge ese trabajo que es una gran oportunidad", di por hecho que él también iba a
poner de su parte.
Pero enseguida este bobo empezó a dejarme un reguero de
pistas, de excusas que no encajaban, de llamadas sospechosas, de gastos
malamente justificables, que me hizo pensar que no iba a haber tal esfuerzo. Y
con la ayuda de un detective competente no tardé mucho en certificar que, en
efecto, aquel cabronazo me la estaba pegando en nuestra propia cama con la jefa
de marketing de su empresa, una golfa redomada, por cierto, que también se
beneficiaba al jefe de personal, aunque no es ésa la historia que nos importa
ahora.
Cualquier otra mujer se habría derrumbado presa del llanto y
el desamor. Pero no yo. Silvia Pinarelli no llora por un hombre. Mi abuela era
siciliana, y su madre era calabresa. Llevamos la palabra ‘vendetta’ escrita en
la frente. Y ‘vendetta’ fue lo que busqué. La abuela Tomassa me dijo una vez que
no tuviera miedo a las consecuencias de mis actos si los ejecutaba en nombre de
una buena vendetta. Y qué mejor ocasión que ésta para homenajear a la entrañable
abuela Tomassa.
El caso. A Alberto se le salían los ojos de las órbitas. Al
principio, cuando me vio entrar empuñando mi Mágnum y sonriendo como la mejor
psicópata, dejó pasear la vista, alarmado, por todas la habitación, no sé si
buscando posibles vías de escape o esperando ver a Tarantino sentado en una
silla con su nombre y agarrando una claqueta. Y a ella, que sería una diosa
follando pero que no parecía ir sobrada de luces, lo primero que se le ocurrió
fue cubrirse los pechos con los brazos.
-Hola Alberto, hola putita- dije yo al entrar-. Siento haber
interrumpido pero no me quedó otro remedio.
-¡Silvia!- exclamó él, pasados unos segundos, incrédulo y
asustado. Dios, qué bien me lo estaba pasando.
-Cállate, capullo, y por favor, no dejes de darle al tema.
Por mí no te cortes. Sigue bombeando.
No se movió. Eso entraba dentro de mis previsiones. Ella
tampoco se movía, ni siquiera parpadeaba para secarse los ojitos inundados en
lágrimas, imposible saber si de tristeza, de vergüenza, o de arrepentimiento. Lo
que sí tenían los dos en la mirada era miedo, un pánico cerval que les atenazaba
hasta el estrangulamiento la capacidad de pensar y razonar. Un pavor que en mi
boca sabía como el maná más dulce.
-¿Qué?- azucé yo- ¿es que no piensas moverte? La chica está
esperando, y me imagino que tendrás ganas de correrte. Claro que, conociéndote,
esto de alargar inesperadamente el polvo te supondrá una novedad- comenté
despreocupada, atizando con malicia uno de los puntos débiles de Alberto: su
pasado (y ocasional presente) de eyaculador precoz.
-Silvia, creo que te estás equivocando...- atinó a decir él,
para mi sorpresa, dado que no esperaba que parcheara tan pronto su orgullo de
machito herido.
Claro que yo no había llegado hasta allí para que me ganaran
la partida.
-¿En qué, exactamente, me estoy equivocando, Alberto querido?
¿En traer a mi fulana a follar en nuestra cama? Ah, no, eso lo has hecho tú-
repliqué, y animé mis palabras moviendo las manos como si no tuviera ningún
revólver en ella, para luego volver a encañonar a la parejita en un gesto seco y
decidido.
Le vi abrir la boca para contestarme, y entonces fue cuando
pronuncié la frase con la que inicio este relato.
Él torpemente, empezó a menear la cadera, aunque con un
sentido más bien testimonial, porque la polla no sólo había perdido su erección
sino que, si me apuran, hasta había encogido de su tamaño habitual. Me pareció
un momento ideal para mi perorata de digna mujer herida.
-Un poco más de brío, Alberto, por favor, que la señorita va
a salir con una mala impresión de ti- la señorita lloraba a lágrima viva, pero,
por suerte, en silencio, y no dejaba de mirarme como si intentara convencerse de
que veía una película-. Bueno, mientras intentas remendar tu hombría, te
comento. Te he querido muchísimo. En este preciso momento no te quiero lo más
mínimo, pero no hace mucho me veía envejeciendo contigo y agradecía cada día que
el hombre de mi vida fueses tú. El cambio de perspectiva que se tiene cuando
descubres que tu hombre te la está pegando es sorprendente- Alberto seguía con
su bombeo irregular y desganado, clavando sus ojos en mí con una ira creciente.
Me fui acercando lentamente hasta la cama; sostenía el arma con firmeza, sin un
atisbo de temblor en mis brazos rectos y poderosos-. En fin Alberto, que no hago
esto por gusto, sino por decencia y orgullo, y por poner fin a una situación que
me resulta terriblemente humillante.
Coloqué el arma en su sien; él cerró los ojos y ella empezó a
llorar de forma ruidosa. Yo, por mi parte, me sentía en la cima del Everest.
Amartillé la pistola con premeditado deleite, un clac-clac
tan lento que los segundos parecieron horas; el martillo giró y me di un
instante para leer en la expresión de ambos un sentimiento que va mucho más allá
del simple miedo, siquiera del pánico. Él se arrepentía, sinceramente, de haber
hecho lo que había hecho, y ella se preguntaba si valdría la pena salir con vida
de aquello si eso significaba pasarse hasta el último de sus días recordando
cómo la cabeza de su amante le había caído en trozos sobre la cara. La
consciencia de tener la vida de dos personas en mis manos daba pleno sentido a
mi vendetta.
Y entonces, de repente, percibí un olor inclasificable que
subió hasta mi nariz con violencia y casi con impertinencia. Un hedor asqueroso
que tardó dos segundos en hacerse totalmente reconocido, antes incluso de que
bajara la vista y viera aquella mancha marrón extenderse por la sábana. Me alejé
repugnada, cubriéndome la nariz con una mano y manteniendo el arma en alto con
la otra. Y sin embargo, un ataque de risa que me provocó hasta lágrimas vino a
hacer presa en mí en menos de un minuto.
-¡Dios, Alberto! Qué poco galante, desde luego, una cosa es
que uno sea liberal y otra que te cagues en tus amantes. ¡Cómo se ha perdido el
romanticismo!- dije entre carcajadas, al tiempo que hacía un esfuerzo para no
doblarme y perder el control de la pistola. Los dos continuaban en la misma
postura en que les había pillado. La putita seguía llorando, y a Alberto le
recorría el semblante la mayor humillación que jamás haya vivido hombre alguno-.
En fin, que ahí os dejo, que tendréis mucho que hablar a partir de ahora. De
veras, siento haber interrumpido. ¡Ciaoooo!
Cogí la llave de la habitación, que siempre guardábamos en el
primer cajón de la cómoda, y salí sin bajar el arma. Les encerré, para que
pudieran disfrutar en la intimidad de su fragante amor libre, y me marché del
piso. En los tres años que hace de esto no he vuelto a ver a Alberto, y creo que
él tampoco tiene ganas de verme y soportar el recuerdo de tamaña vergüenza en mi
sonrisa. De ella tampoco sé qué fue; pero, eso sí, siempre que me llega un olor
a mierda les recuerdo con cariño, hasta con ternura.
Alguna vez, sí, me he preguntado si de verdad hubiera sido
capaz de matarles. Pero enseguida me contesto que con aquella réplica de una
Mágnum, tan perfecta como cara, no podría haber matado ni a las moscas que,
seguro, acudieron aquel día a la que había sido nuestra cama.