La lengua es una serpiente, húmeda siempre, que repta y busca
y recorre tu piel hasta en sus últimos rincones. Es y debe ser así, puesto que
la lengua, en este caso, es mía y tú eres tú. Cambia a cualquiera de los dos y
ya no te diré que debe ser así. Pero si ambos nos mantenemos, estoy seguro que
debo hablar de obligación, de deber... de necesidad moral, casi.
En todo caso, te lo aclaro, es una obligación con la que no
cuesta esfuerzo cumplir. Tu piel sabe a ti, a mezcla de perfume y calor, salada
en zonas donde el calor que sientes hace que el sudor aparezca en esas pequeñas
perlas que llora de alegría tu cuerpo. Retiro esas lágrimas saladas de tus
pechos, de tu vientre, de tu pubis... Me encanta hacerlo. Me encanta hacértelo a
ti. Me encanta hacerlo contigo.
Si cierro los ojos, aún mi lengua te conoce. Siento tu pecho
latir, tus pulmones llenarse y vaciarse de aire cuando poso mi lengua en uno de
tus pezones, sencillamente, lamiéndolo despacio. No muerdo, ni beso, ni chupo.
Sólo lamo. Hoy sólo lamo, y lamo lento. Dibujo un generoso escote con la linea
que traza la punta de mi lengua recorriendo la distancia entre uno de tus
pezones al otro sin separarse de tu piel, para después tejer del mismo modo el
vestido que no existe -y gracias a que no existe- hasta tus muslos.
Tu vientre es un valle, claro. Un valle por donde bajo
sediento de las montañas de tu pecho hacia el oasis de tu sexo. Sediento, sí,
pero aún así recorro el camino más largo, trazando sinuosos senderos mojados
alrededor de ese ombligo que no es sino un peligroso cráter que, cuando se
investiga, arranca de tu garganta el quejido apagado del magma que te arde
dentro pero que aún no ha llegado a salir en erupción, aunque lo desea. Tus
manos tratan de forzar mi ruta, de apresurarme en el descenso, de acelerar el
proceso que es y que va a ser -claro que va a ser, los dos lo sabemos-, sin
darse cuenta de que cada tiempo tiene su afán y el de este tiempo concreto no es
sino el reconocerte milímetro a milímetro. Por eso tengo que tomarte las manos y
apartártelas de mi cabello: aún no es el momento. Iba a decírtelo con la mirada,
pero hoy es la lengua la que es protagonista.
Ella te lo aclara cuando se aleja del lugar que quieres que
visite y visita el que ella quiere visitar. Lame tus labios antes de entrar en
tu boca, donde la recibe otra serpiente loca y húmeda. Tras breve lucha entre
ellas, mi lengua debe huir: tiene una misión que cumplir y debe comenzar ya a
cumplirla. Recorre tu barbilla, tu cuello, tu clavícula... Vuelve a tus pechos.
No sé si en algún momento te he dicho que cuando tus pezones
están así de duros siento como si me rasparan en la lengua. Es sólo un "como
si", que conste. Hoy no pasa. Y eso es así porque, aunque duros, mi lengua se
humedece constantemente. Ya sabes que hoy no muerdo, ni beso, ni chupo: hoy sólo
lamo. Tus pezones son rocas bañadas por las olas, brillantes de espuma y sal,
erguidos frente a las acometidas de la marea que es mi lengua chocando contra
ellos.
Si antes bajé por tu vientre, ahora lo hago por tu costado.
Me gustan tus caderas, hoy doblemente: gusto como cuestión estética y gusto como
sentido. Las aprovecho para, a través de ellas, pasar de tu costado izquierdo a
tu muslo derecho. En mi ruta de cambio lateral, he sentido como -en su centro-
de nuevo un gemido se te escapa del alma. Intento concentrarme en tu gusto, en
mi lengua recorriéndote, pero no he podido evitar olerte. Supongo que es lo
difícil de no tener un sólo sentido: todos trabajan a la vez y, aunque se
intente, es difícil suprimir a unos en beneficio de otros. Puedo cerrar los ojos
y no verte, porque mi lengua ya te conoce. Puedo no tocarte con las manos,
únicamente con la lengua... pero no puedo dejar de oler tu piel o escuchar tu
respiración entrecortada.
De nuevo tus manos en mi cabello, intentando forzar la ruta
hacia ese oasis al que tantas ganas tienes de que llegue. De nuevo mis manos te
toman. Pero ahora oigo tu voz:
- Quiero hacer el amor contigo.
Y no: no conmigo. Hoy sólo lamo. Hoy, mi lengua y tú.
Hasta el final.