EL ADULTERIO
- Quizás no soy lo suficiente maduro como para estar con una
mujer-, pensaba mientras daba vueltas en mi cama recordando lo que había pasado
aquella semana.
Ahí estaba yo tumbado sobre la cama sudoroso y sin poder dormir a causa de mi
atormentada alma que trataba de purgar sus pecados. Mientras pensaba en Helena.
Era un mes de julio y yo, con quince años, estaba con las hormonas
revolucionadas al igual que todos los chicos de mi edad. Además, el verano
siempre es la mejor época del año para un chico que aprueba en junio ya que te
permite dormir mucho, ir por ahí con los amigos y estar en la playa ese centro
neurálgico de diversión donde mis colegas y yo hacíamos el tonto en busca de
hermosas mujeres que nos mostrasen sus encantos mientras los rayos solares
besaban su piel. Sin embargo, toda esa diversión se convirtió en un sin vivir.
Aquel día, mis amigos estaban sobando por la mañana así que fui solo a la playa,
sin embargo, me aburría como una ostra estando tumbado por lo que me fui a dar
un paseo entre las rocas. La playa tenía una zona de arena donde la mayoría de
las familias tomaban el sol y una zona junto al acantilado llena de rocas de
diversos tamaños que iban desde la gravilla hasta rocas de dos o tres metros de
diámetro, pasando por el canto rodado de toda la vida. Yo solía ir a la zona de
acantilado en busca de moluscos con los que hacerme unas tapillas con las que
tomarme un refresco por la tarde, alguna vez hasta cogí algún pulpo despistado,
pero esa mañana, cuando andaba entre las rocas vi a una hermosa mujer tomando el
sol desnuda, me llamó la atención porque, aunque era frecuente ver mujeres en
topless, ella estaba totalmente desnuda. Era una hermosa pelirroja madura, claro
que madura para mí era una mujer de unos treinta años. Piernas largas de muslos
carnosos y firmes. Tenía unos pechos que aunque no se veían especialmente
grandes estando tumbada, tenían unos pezones sonrosados muy llamativos. Pero lo
que atrajo mi mirada sobre su anatomía fue ese frondoso vello colorado que
poblaba su entrepierna.
Cuando la vi, me escondí detrás de una roca, temeroso de ser descubierto por
ella y recibir una reprimenda. Visto ahora, parece estúpido, pero entonces yo
era un alma, más o menos, cándida. Yo la observaba analizando ese cuerpo
mientras ella sacaba un cigarrillo y daba unas caladas. A ratos estaba sentada,
a ratos tumbada, ora boca arriba, ora boca abajo. Yo memorizaba todo su cuerpo
para que en mis ratos dedicados al onanismo, los cuales eran bastante más
frecuentes que en los chicos normales, poder excitarme recordándola pues es una
de las pocas ventajas que tiene mi memoria. Pero cuando a esa hermosa mujer le
pareció que era el momento de proteger un poco más su epidermis del sol, me
mostró unas imágenes cargadas de sensualidad. Sus manos recorriendo su piel
embadurnadas de la crema solar y mostrando como sus formas se modelaban al paso
de sus manos. Sin embargo, la grava bajo mis pies se deslizó y me hizo resbalar
saliendo de mi escondite. El ruido de las piedras le hizo mirar hacia donde yo
estaba. Nos quedamos mirando y yo no sabía que hacer, me puse en pie y ella
seguía mirándome, pero esbozó una sonrisa. Yo miré hacia mis pies y me di cuenta
de la causa de su sonrisa: mi gato hidráulico estaba subido y había montado una
tienda de campaña con mi bañador que no como la mayoría no era muy discreto.
Sin embargo, yo no era el típico seductor que se hubiese acercado a ella y le
hubiera dicho algo para seducirla. Me gustaría decir que, con decisión, tomé el
control de la situación, me acerqué a ella para acariciar su cuerpo y la besé
como un galán de película. Pero no, yo me largué corriendo hasta un tramo de
orilla entre dos rocas enormes donde me escondí a meditar sobre lo ocurrido y a
darme un chapuzón que me bajase la inflamación. Una vez en el agua, me maldije
por mi falta de huevos, por no haber sido capaz por lo menos de hablarle con
naturalidad a esa belleza y de decirle algo. Que me hubiese mandado al cuerno,
que me hubiese dicho que era un pervertido, lo que fuera, ¿qué más me daba?
Pero el agua no bajaba mi hinchazón por lo que decidí bajarla de forma manual,
es decir, masturbándome. Ahí estaba yo con los ojos cerrados recordando el
cuerpo de la hermosa pelirroja, su vello púbico rojo, sus pechos, sus piernas,
su piel moteada, su larga melena roja,… hasta que un chorro blanco salió bajo el
agua y se mantuvo en suspensión en las cristalinas aguas, ni subía a la
superficie, ni se hundía. Pero mientras miraba mi simiente flotar, una voz me
sobresaltó diciendo:
- ¿Todo eso es por mí?- vi que era la pelirroja al darme la vuelta, quien
sonreía divertida.- Vaya muchachito más fogoso.- Yo tartamudeaba nervioso
incapaz de decir algo coherente. Estaba muerto de vergüenza.
Otro hubiese nadado hacia ella y la hubiese poseído allí mismo, pero yo no tenía
el valor suficiente para tal empresa y asustado nadé hacia la orilla a tirarme
sobre mi toalla esperando que ella se fuese. Sin embargo, ella me siguió y salió
del agua desnuda ante mi mirada. Estaba paralizado al ver en movimiento de sus
caderas, al contonearse armoniosamente, dando el ritmo al paso que marcaban sus
piernas. Viendo sus pechos grandes, pero firmes, coronados por pezones
pequeñitos y duros a causa del agua moverse cual osciladores armónicos, botaban
una y otra vez levemente, aunque amenazaban con entrar en resonancia.
- ¿Por qué corres? Yo sólo quiero hablar contigo. – dijo mirándome con sus
verdes ojos a la vez que me mostraba una sonrisa de dientes blancos rodeados por
unos labios de rojo intenso.
- Yo, yo, yo,…, yo no quería espiarla.- tartamudeé.
- No importa, ¿cómo te llamas?
- Alejo.
- ¿Eres de aquí o estás de vacaciones?- dijo mientras sentaba su elegante
anatomía junto a mí sobre un enorme canto rodado.
- Yo soy de aquí, ¿y tú?- me atreví a preguntar.
- Yo soy de Michigan, en Estados Unidos.- aunque hablaba un perfecto castellano,
se notaba que era extranjera.
Mi cuerpo se derretía, y no por el sol, mientras ella me preguntaba cosas. Poco
a poco fue llevando la conversación a lo personal mientras mi rabo se empeñaba
en romper la tela de mi bañador. Hasta que una pregunta me dejó grogui otra vez.
- ¿Te gusta mi cuerpo, Alejo?- ella al ver mis ojos como platos, se arrimó a mí
y me invitó a tocarla llevando su delicada mano a la mía para, luego,
arrastrarla hasta ponerla sobre uno de sus pechos. Yo no pude evitar palparlo y
sopesarlo. Mientras su mano iba deslizándose por mi pecho que empezaba a
poblarse por el vello, cosas de la pubertad, hasta refugiarse en mi bañador en
busca del premio gordo y sus dos aproximaciones. Lentamente, masajeó mi pene que
ya estaba más duro que el hormigón armado y yo, más caliente que el palo de un
churrero.
Yo me lancé a besar sus pechos cuando ella me invitó a hacerlo, luego, la besé.
No podía pensar a causa de la sangre, o más bien, la falta de ella en el cerebro
y me dejé llevar pues, si lo hubiese pensado, jamás habría tenido el valor para
hacer lo que estaba haciendo. Sus labios dulces como la miel jugaban con los
míos aprisionándolos y su lengua se introducía en mi boca para acariciar la mía.
El sabor del agua salada se mezcló con nuestras salivas. Pronto sus manos
bajaron mi pantalón mientras las mías manoseaban sus muslos, sus pechos y todo
las partes de su cuerpo a las que tenían acceso, que no eran pocas. Sin embargo,
ella me empujó dejándome estupefacto pues creía que todo había acabado, pero
nada más lejos de la realidad porque ella dirigió su cabeza a mi entrepierna sin
dejar de perforar mis ojos con su verde mirada. Introdujo mi pene en su boca y
deslizó sus labios una y otra vez a lo largo de mi dura prolongación. Pronto mi
cuerpo se tensaba ante tan agradable caricia mientras mis manos acariciaban su
roja melena húmeda todavía. Su boca me volvía loco con la humedad y la
presión hasta que otro torrente blanco inundó su boca. Ella me miró, sonrió y se
metió en el agua tras despedirse con la mano. Yo quedé relajado y con una
flojera tumbado sobre mi toalla como si fuese un lagarto al sol. Jamás volvió
pues cuando levanté la cabeza buscándola con la mirada no estaba en el agua y,
cuando la busqué en donde la había visto por primera vez, sus cosas ya no
estaban. Algo triste por haber perdido mi oportunidad para estrenarme con una
mujer, me marché a casa y me tumbé en mi cama.
A medio día, cuando mi padre llegó de trabajar, me llamó de un grito para que
saliera de mi cuarto. Me dijo que su hermano, mi tío, había venido a visitarnos
y venía a comer en una hora, así que iríamos a un restaurante para celebrar su
visita pues hacía bastante tiempo que mi tío no venía a visitarnos. Mi madre fue
la que más se alegró porque no le apetecía cocinar para cinco y luego limpiar.
A las dos, llamaron a la puerta y apareció mi tío que me saludó con un apretón
de manos. Mi tío era una gran persona, era muy apreciado como médico cuando
trabajaba en la clínica del pueblo de mis abuelos, era muy amable con todo el
mundo y la gente cuando lo veía siempre se paraba a saludarlo. Mi padre y él
eran más que hermanos, eran amigos. Pero se fue a trabajar al extranjero.
Tras saludarnos a todos, mi tío se volvió y dijo:
- Ella es mi esposa, Helen.- cuando apareció por el marco de la puerta me quedé
absorto ante semejante belleza enfundada en un vestido rojo con sandalias a
juego. Pero lo que más me dejó petrificado fue que Helen, la esposa de mi tío no
era otra que la mujer pelirroja que me había hecho una felación en la playa. En
esos momentos, no sabía si me había reconocido pero, si lo había hecho, tuvo la
sangre fría de saludarme con un par de besos y decir:
- Vaya sobrinito más guapo que tengo, ganándose las simpatías de mis
progenitores.
La comida fue una charla continua entre mi padre y mi tío por un lado y de mi
madre y Helena, así la llamaba mi madre, por el otro. Yo miraba y, de vez en
cuando, me involucraban en alguna de las conversaciones.
Mi tío y mi padre siempre se habían llevado muy bien, pero mi madre y Helena
congeniaron mucho desde el primer instante así que fue mi madre la que insistió
para que se quedasen en nuestra casa y no en el hotel, cosa rara en ella que no
puede ver a la familia de mi padre y mucho menos meter gente en mi casa.
Pero, para mí, esa cena fue una prueba de autocontrol como jamás había pasado
una en mi vida porque Helena jugaba a mandarme besos cuando los demás no
miraban, a guiñarme el ojo, a acariciar mi entrepierna con su pie descalzo bajo
la mesa, apoyaba sus pechos en mi nuca cuando tras volver del baño pasaba por
detrás de mí y hacía como que quería coger algo de la mesa.
Yo no sabía que hacer y, cuando llegamos a casa, me encerré en mi cuarto loco de
ira por las emociones encontradas y las hormonas revolucionadas. Yo pensaba en
cómo decirle a mi tío que su mujer era una adúltera, que el era un cabronazo, un
“cornúpeta”, un pedazo de ciervo que iba a rallar los marcos de las puertas,…
Pero algo sacó mi mente del trance en el que estaba y fue mi “tía ” entrando en
mi cuarto. Me miró con sus ojos de animal salvaje y me dijo que me deseaba, que
iba a ser suyo. Yo la despreciaba por ser una guarra, una adúltera, una puta,
siempre había odiado la idea de una mujer que se acuesta con otro hombre que no
fuera su marido, incluso en el instituto evitaba a las chicas por tener fama de
haberse besado con otros chicos. La idea de las mujeres de segunda mano y esa
aversión hacia la mujer adúltera eran algo que me tenía traumatizado, quizás,
alguna historia que oí de pequeño sobre un vecino que se suicidó tras encontrar
a su esposa con otro.
El problema era que la deseaba como jamás había deseado a ninguna mujer. La
miraba con desprecio, pero también con lujuria. No podía evitar repasar la
silueta de su cuerpo una y otra vez, recorriendo cada curva. La veía en mi mente
desnuda con su cuerpo moteado dándome placer en una playa desierta. Yo la miré
con dureza y, aunque no dije nada, estaba claro lo que pensaba de ella. Sin
embargo, Helena se fue sonriente de mi cuarto.
Y aquella noche, caí rendido en la cama a causa de tantas emociones.
Soñé que estaba con las bellas huríes en un harem y, como un ladrón de Bagdad,
me introducía en el gineceo donde desfloraba a una y a otra. Soñaba con mujeres
de pechos llenos como granadas y suave piel que me besaban una y otra vez. Todas
deseosas me llevaban una y otra vez al éxtasis. Pero, cuando estaba a punto de
eyacular en el interior de una de las concubinas, desperté. Notaba que algo me
tenía aprisionado y todavía sentía el placer del sexo. Mi mente estaba dormida
aún porque era como si mis ojos viesen la oscuridad de mi cuarto, pero mi cuerpo
estuviese en medio de una de las cópulas con las huríes. Pero no, estaba en mi
cuarto y una mujer estaba sobre mí siendo penetrada, mis manos agarraron el
cuerpo de la persona a la que penetraba pero, en la oscuridad, no pude
reconocerla. No pude pensar en otra cosa que no fuese acabar y me dejé llevar
ante la tensión que se acumulaba por la proximidad del placer. Cuando acabé, esa
persona encendió la luz y no era otra que Helena quien me miraba viciosa y me
decía que aquella no era la última vez que gozábamos juntos. Yo sólo la miraba
atónito mientras se levantaba y meneando su trasero desnudo se ponía una
camiseta y salía de mi habitación.
Como volver a conciliar el sueño, ante esa sensación que me devoraba por dentro.
Por un lado, mi honor y mi honradez para con mi familia que me impedía acostarme
con la mujer de mi tío, una mujer casada, es más, casi debería desear lapidarla
como indican la mayoría de religiones, por brutal que parezca. Por otro lado, mi
orgullo de hombre y el deseo que sentía por Helena.
Me sentía como una rata por haber hecho eso: haberme acostado con la mujer de mi
tío. Era un nuevo Egisto seducido por una Clitemnestra, la mala esposa que
sedujo a su sobrino y asesinó a su marido. Sólo que Egisto tenía la disculpa de
la maldición de la casa de Atreo y yo estaba dañando a una buena persona. Todo
eso me hacía sentirme fatal. ¿Cómo mirar a mi tío a la cara?
Pero deseaba volver a tocar el cuerpo de Helena, es más, probablemente, la
próxima vez no me resistiría a sus provocaciones y la tomaría aunque fuese
delante de toda la familia.
- No, joder, como puedo desear eso. Es que no respeto a mi familia. Mi deber es
contárselo todo a mi tío y afrontar las consecuencias como un hombre.- pensaba
una y otra vez, tras imaginarnos haciéndolo, hasta que quedé dormido.
Así, comenzó el peor verano de mi vida o el mejor, según se mire, pero algo sí
que puedo asegurar: ese verano me convertí en un hombre de verdad y no sólo por
estrenarme con una mujer.
FIN
Bueno, como siempre, invito a todo aquel que lo desee a
escribirme contando lo que quiera (críticas, historias, comentarios,…). Pueden
hacerlo a la dirección:
martius_ares@yahoo.es