Ramón le quito el camisón a María, y la tumbo encima de la
mesa del salón. Le quito muy suavemente el minúsculo tanga, le acarició las
caderas, arriba y abajo, muy dulcemente, le separó las piernas, acariciando sus
muslos una y otra vez, se respiraba pasión femenina embriagadora, del cuerpo de
María se desprendía un aroma salvaje, un aroma envolvente, pasión, autenticidad
y entrega total, Ramón enloquecido introduce su pene, marcando María un ritmo
lento, sensual, extremadamente caliente; sus cuerpos sudorosos, parecen
quemarse, derretirse, fundirse, en tan puro el deseo.
María se recoge el pelo al tiempo que se incorpora en la
mesa, y con su boca busca encontrarse con la de Ramón, sin perder la
penetración, se besan apasionadamente, aceleran sus movimientos, produciendo
unos gemidos lujuriosos, instintivamente animales, envolventes, retumban en toda
la habitación creando un ambiente sexual extremo.
Hipólito no paraba en su masturbación viendo tanta
sensualidad, ver como María era poseída por Ramón lo estaba llevando a la
locura. Se acerco hasta que María se dio cuenta que estaba al lado. Le sonrió y
separo su boca de la de Ramón y empezó a lamer el pene de Hipólito. Con una mano
abrazaba el cuello de Ramón y con la otra cogió el pene de Hipólito. Su lengua
recorría todo el glande. Y la puntita del pene de Hipólito desaparecía en la
boca de María.
Los minutos pasaban como si fuera segundos para los
protagonistas. El aroma en la sala era tremendamente animal. Entre que los dos
amigos venían de andar en bicicleta y ahora estaban sumergidos en una vorágimen
sexual. Los tres cuerpos estaban cubiertos de perlitas de sudor, de lametazos,
de aroma sexual en definitiva.
María, se incorporo y se desembarazo del pene de Ramón y del
de Hipólito. Se fue al rincón donde estaba la cadena de música. Estuvo
observando la columna de compact disc, y eligió "El Divino", lo coloco en el
reproductor y adecuo el volumen a su agrado.
Realmente, de pie, se contemplaba toda su belleza, mediría
sobre un metro setenta, cintura estrecha, pechos no muy grandes, piernas largas,
no en vano ella era profesora de patinaje. Tenía media melena, de color
azabache. Su cara era un ovalo perfecto, ojos grandes y nariz respingona.
Su boca no era muy grande pero estaba rodeada por unos labios
muy finos. No perdía estando desnuda, al contrario resultaba muy atractiva.
María, se dirigió hacia donde estaban los dos hombres,
esperando con sus penes todavía levantados. No con la dureza requerida para
hacer una penetración. Pero con ganas de seguir dando guerra.
¿Qué os parece si conectamos el televisor de plasma, le
acoplamos la cámara de video y nos vemos disfrutando? – Sugirió María, con
una sonrisa de oreja a oreja.
Eso, esta hecho. – Se apresuro a responder Hipólito.
Hipólito, ayudado por Ramón, desembaló el televisor de plasma
y lo conectaron. No pasaría mas de diez minutos y ya tenían la cámara de video
emitiendo señal a través del televisor.
María, se fue a la cocina, y a su regreso traía una bandeja
con unos refrescos y cervezas, se los ofreció a sus compañeros. Los cuales lo
agradecieron enormemente.
Ramón, se puso a filmar, y se veía en la pantalla a María
desnuda. Se fue acercando con el zoom, empezó por su cabeza y fue recorriendo
todo su cuerpo hasta llegar a los pies.
Volvió hacer el viaje inverso, pero esta vez se detuvo en la
entrepierna de María.
-Que cochino estas hecho, Ramón- Dijo María, mientras ella
miraba su linda entrepierna en el televisor
-Muy buena calidad de imagen- Corroboro Hipólito.
Ramón se fue acercando más, hasta tener el objetivo a cinco
centímetros de la rajita de María.
Suavemente María, fue acariciándose hasta llegar a su sexo.
Le resultaba divertido verse en la nueva televisión. La imagen era nítida y de
alta definición.
-Venga, Hipólito, animate y besale la entrepierna.- Sugirió
Ramón.
- Eso esta hecho – Respondió alegremente Hipólito
- ¿Y a mi no me preguntáis? ¿Si me va a gustar o no? –
Interrogo María
- Claro que si cariño, claro que te preguntamos. ¿Quiere que
te bese tu lindo chichi? –Respondió Ramón, mientras dirigía la cámara hacia el
rostro de la mujer.
Pues no se, me apetece, pero me sabe mal. Kamora esta en
casa y le estamos haciendo un feo. Yo creo que la debíais llamar para que
participara.
–Contesto María. Cogiendo el camisón del suelo y
cubriéndose con el.
Parecía enfadada, y aquello presagiaba que la batalla había
llegado a su fin. Y así fue, se encamino hacía la habitación. Ramón le indico a
Hipólito que la batalla se había acabado y que todo había terminado.