Ella se vestía con la ropa que su Amo le había dicho, en su
cabeza no paraba de imaginar cosas, en su estómago, los nervios se apoderaron de
ella, y en su entrepierna, su sexo, no dejaba de tener vida propia, estaba
excitada, fruto de la vergüenza y de su propio calor.
Había accedido hacer aquello porque así su Amo lo había
dispuesto, estaba a su voluntad, era de Él y haría cualquier cosa por
complacerlo, cualquier cosa, así que aquello, no dejaba de ser un prueba que
superar, consigo misma, era algo deseado por ella, pero le daba tanta vergüenza
que esa tarde a no más de una hora de la cita, mientras se miraba en el espejo,
arreglándose, queriendo estar guapa, sexy, atractiva, deseable no sólo para su
Amo, sino para el hombre que pagaría sus servicios por primera vez como puta.
Llegó a la cita, zapatos de tacón, medias, liguero a juego
con sujetador comprado meses atrás para esa ocasión, para su primera vez, falda
corta, blusa abotonada, pelo recogido en coleta alta, y un abrigo lago que
tapaba toda su zorrez.
Le abrieron la puerta, su Amo la recibió, la tomó de la
barbilla y la besó, la condujo hacia el salón, donde allí le esperaba su
desconocido.
Era un hombre de mediana edad, normalito pensó, pero eso que
importancia tenía para ella que se iba prostituir y no por la necesidad de
dinero sino por vicio y obediencia, pero aún así no pudo resistir la tentación
de mirarlo.
Se quitó el abrigo y se colocó delante del hombre, como así
su Amo le había enseñado, con las piernas abiertas, manos a la espalda, cabeza
agachada y boca entreabierta, la habían enseñado bien. El hombre pareció
contento con lo que vió, no en vano, la había visto en fotos y le había gustado,
pero al natural parecía que estaba dispuesto a pagar el precio que habían
acordado él y su Amo.
Hablaban de ella, de sus ventajas, y de lo puta que era, se
sonrojaba, no podía evitarlo, pero era cierto, le gustaba que la trataran así
como una zorra, como lo que era.
El hombre la tocó, fue directo a su sexo, lo encontró mojado,
húmedo esperando ser usado por cualquiera, lo deseaba. El hombre seguía hurgando
y ella intentaba controlar su respiración, su excitación, pero algún gemido se
le escapaba, no podía remediarlo.
En un momento dado, el hombre sacó sus dedos, dándoselo a
chupar, ella los lamió como tanto le gustaba lamer los dedos de su Amo.
Le dijo que cerraban el trato, la usaría en ese momento, le
había convencido la mercancía, ¿mercancía? se decía para sus adentros, "me
tratan como si de una feria de ganado se tratase" pensaba mientras ese tipo de
humillaciones lejos de enfadarla, la encendían más.
El hombre sacó de su cartera el dinero que habían acordado,
no era una gran cantidad, no dejaba de ser todo aquello morboso y excitante, y
lo dejó encima de la mesa, como señal de que aceptaba "la mercancía".
Su Amo se fue y la dejó sola con ese desconocido que ya sí
había pagado sus servicios, ella no pudo remediar mirarlo mientras se iba, y su
corazón comenzó a latir a mil por hora, se acababa de quedar sola.
El hombre le exigió que se desnudara, ella lo fue haciendo
poco a poco, le cortaba desnudarse ante ese desconocido, pero su temperatura iba
en aumento. Se lo quitó todo, la dejó completamente desnuda, la tumbó sobre la
mesa y la ató, estaba indefensa, inmóvil, comenzó a introducirle algo por su
coño, una especie de vibrador, mientras le colocaba pinzas en los pezones, le
vendó los ojos, y se fue notando cómo iba empezando a sentir que perdía el
control, control, que no podía perder, no podía dar paso a su excitación a
dejarse llevar, no, su Amo le controlaba sus orgasmos, llevaba 35 días sin
correrse, 35 días frustrada, excitada, usada y quedándose con las ganas, esa
tarde tampoco era ninguna tarde especial , no le había dado permiso y no le
estaba permitido correrse.
El desconocido que tenía esa información, jugaba a putearla,
a darle placer a intentar que ella descontrolara, quería verla humillada,
avergonzada de ser tan puta, de ser capaz de correrse y desobedecer a su dueño,
eso le excitaba pero también el trato previo que habían hecho, si ella se
corría, si ella desobedecía, se le devolvería el dinero, en cambio, si ella
aguantaba, se dejaba usar, se prestaba, si le daba placer pero sin recibir nada
a cambio, tendría que pagar la cantidad acordada. Su Amo tenía tanta confianza
en ella, sabía que pondría todo su empeño en no fallarle y apostaba estando
seguro que ganaría.
Ella que notaba como sus jadeos iban en aumento, pensó que no
podría aguantar más mientras lo que tenía dentro de ella, se movía sin parar,
estimulándole cada vez más el clítoris, a la vez que el hombre le pellizcaba y
jugaba con sus pezones prisioneros por pinzas, hasta que dejó de tener ese
vibrador dentro y notó como le metía la polla, cada embestida era una
liberación, se había liberado de lo que tanto placer le daba pero le ponía más
cachonda ser penetrada por ese extraño.
Cuando se cansó, sin correrse aún, la desató, le quitó las
pinzas y la puso de rodillas, la obligó a que se la lamiera, y ella gustosa, la
lamió, la saboreó, pensando que pronto acabaría, que estaba controlando su
excitación, pero le pidió que mientras se la chupaba se tocara, se masturbara
para él, se metiera los dedos en ese coño tan mojado que tenía.
Obedeció, no podía rechistar, a pesar que masturbarse,
tocarse implicara tener todas las papeletas para perder el control, pero se
tocó, dudosa, se metió un par de dedos, dando círculos que tanto placer le daba,
mientras, seguía lamiendo ese miembro que no acababa de correrse, deseaba que se
corriera, sus pezones aun doloridos por las pinzas, estaban duros, se los tocó,
y casi pierde el control , se serenó y seguía chupando hasta que por fin el
hombre se corrió en su cara, en su cuello, en su pecho, le caía todo, y todo
aquello le parecía tan sucio, tan excitante, tan de puta, que tuvo que parar de
tocarse, estaba en ese punto en el que su cuerpo le pedía a gritos su
liberación.
El hombre quedó satisfecho, así se lo dijo, le pidió que se
vistiera, una vez vestida, le dijo que su Amo podía estar orgulloso de ella, era
una buena puta sumisa, ella miró al suelo agradecida, la besó en los labios y se
marchó.
Aquellas palabras la hicieron estremecer de placer.