Hace unos años, estaba una tarde con Miriam y Susy en la casa
de ellas charlando y planeando una ida al cine. Como de costumbre ellas en
sillones y yo sentadito en el suelo, cerca de sus piecitos mirando y deseando
con avidez esas bellezas en forma de pie de mujer. Las dos con las piernitas
cruzadas, Miriam descalza, las uñas hermosas de rosa nacarado, los piecitos
tostados y balancéandose en el aire como invitándome a subirme arriba de él a
caballito y gozar de su delicioso contacto entre mis piernas.
Susy, con ojotitas mínimas de color rosa, sus pequeños y
movedizos piececitos jugando con la sandalita tan deliciosa y linda como su
contenido, con la uñas pintadas de rojo furioso. Subía y bajaba ese piecito con
un ritmo enloquecedor, arriba, abajo, arriba, abajo, otra invitación a jugar al
caballito en su lindo piecito incitante. Miriam me dijo mirándome que siempre
estaba desesperado de ganas por pies en esas posiciones.
Le dije que se acordara lo que le había contado de los
jueguitos a caballito de los pies de mi tía Olga, de la nana Baión, y de tantas
otras mujeres que me había hecho ico-ico sobre sus pies, inocentemente o a
sabiendas, cuando era niño y preadolescente. Los juegos de montar pies en las
piletas en el verano. Y ellas dos deliciosas y con sus apetecibles pies
balancéandose en el aire que me incitaban permanentemente.
Y mis fantasías y sueños recurrentes con mujeres gigantes de
cuatro metros de altura haciéndome jugar al caballito montado en sus hermosos
pies descalzos.
Muchas veces les había hecho cuidados intensivos a los pies
de mis amigas, limpieza con cremas exfoliantes, pintada de uñitas y miles de
besitos y legüetazos, y fenomenales masturbadas con sus pies a mi alcance. Así
que sabían y mucho de mi gusto por los pies femeninos bonitos.
La cosa estaba poniéndose de una temperatura que me
incomodaba, así que les pregunté si me hacían caballito en los pies, para que
vieran como era la técnica bien práctica.
Se miraron, se rieron, y me dijeron, bueno loquito, vení.
Comencé con besos apasionados en ambos pares de piecitos y luego ambas se
sentaron en un sillón de tres cuerpos, cruzando los pies y juntándolos para que
yo me montara a caballito de ambas a la vez. Una al lado de la otra, Miriam
cruzó la pierna derecha y Susy la izquierda, y ambos piecitos quedaron lado a
lado, tocándose, yo me saqué los shorts y desnudo me monté a caballito de esos
deliciosos piecitos. Sentí una descarga deliciosa de placer donde cada dedito me
tocó la piel de la entrepierna. Además, Miriam levantó los deditos hacia arriba,
como dándole cuna a mis testículos, acompañado por el piececito movedizo de Susy
que se movía de lado a lado y su empeine que me rozaba la base del pene.
Y mientras ellas movían de arriba a abajo sus pies descalzos
al unísono, rozándome enloquecedoramente la entrepierna y los testículos, yo me
masturbaba con los ojos cerrados, sin perderme nada de las sensaciones que me
daban esos dos pies cálidos entre mis piernas, y con la mente fija en la belleza
de las sensaciones que sólo un pie de mujer puede dar, sentí que nacía un placer
inmenso desde el lugar donde los piecitos me tocaban la piel y comencé a acabar
en una forma muy pero muy conocida, como si realmente las chicas tuvieran la
fuerza como para hacerme subir y bajar en el aire, tan hermosamente como lo
hacían mi pícara tía Olga y la inocente Baión sobre sus incomparables pies.
Fue una acabada singular y muy satisfactoria, y la primera de
otras a caballito de los pies de Miriam y Susy, que recibieron muchísimos
besitos de agradecimiento de mi parte en sus deliciosos pies por hacerme sentir
esas sensaciones tan lindas de mi adolescencia.
Esta experiencia va dedicada a un amigo que empezó con el
juego del caballito en un pie femenino, como yo. Y si hay otros, escriban.
TODOS, alguna vez, jugamos montados sobre el pie de una mujer.