Silvia, mi Perra en Celo, mi Mujer, mi Esclava 02
Me extrañaba mucho la actitud de Silvia, la mamá de Beto, de
no querer despegarse de mí, ya llevaba 2 días y aun seguía durmiendo y viviendo
en mi departamento y no daba señas de querer dejarlo. La verdad es que no me
molestaba, tenerla allí era bonito, me hacía sentir muy bien. Por otro lado, las
cosas continuaban raras en la casa de Laura. Por un lado Alberto continuaba con
lo mismo, buscaba excusas para dejar a su madre en mis manos. Y esta, buscaba
más y más, hasta parecía dispuesta a dejarse dominar completamente por mí.
Tito, le tengo que contar algo. – me dijo Lalita desde su
jardín, una mañana en la que salí a recoger algunas cosas que tenía afuera.
¿Qué cosa?
Es sobre doña Silvia y Beto…
A ver, decime…
Beto quiere entregársela definitivamente…
¡¿Cómo?!
Mire, ya sabe que Beto ha tratado de hacer que sus mujeres
se desprendan de el, de que tengan una vida propia. Siempre ha querido que su
mamá encontrara alguien con quien hacer vida. Ella lo hace muy feliz, pero no
deja de ser su madre y no es una relación muy saludable. – ja, como que si
algo lo fuera – Entonces, desde que lo conoció a usted, la señora ha cambiado
en su postura.
¿Qué postura?
Bueno, ella nunca quiso dejar a su hijo… decía que ella era
de su propiedad y que nadie más la iba a tener a menos que Alberto la quisiera
regalar. Claro que mi Beto no la iba a regalar a nadie, el quería que ella se
enamorara primero antes de el entregarla… por propia voluntad de ella, claro.
Pero Silvia nunca quiso… hasta que apareció usted…
¡Y ahora pretende que yo me haga cargo de su mamá como si
fuera mi esposa!
Ajá, así es… y ya pasó 2 días a su lado Tito.
¡Pero yo no puedo, no quiero! ¡Quiero llevar mi vida
tranquila y sin problemas ahorita Lalita!
Si, si, yo sé Tito, yo sé…
¡Qué vida la mía! Aquel era un día viernes en que no tenía
planeado hacer mayor cosa, solo quedarme todo el día en mi casa.
¿En dónde está Alberto ahorita, necesito hablar con el?
No sé… creo que adentro. – dijo señalándome su casa, y yo
me dirigí hacia allá, Lalita vino tras de mi.
Lo encontré en su estudio leyendo como si nada, fui muy
directo.
Alberto, necesito hablar contigo…
Si claro, Tito, vos me dirás…Buenos días Tito, ojalá no se
moleste pero…
¿Qué está pasando aquí Alberto? ¿Estás tratando de
entregarme a tu madre? – dije molesto.
Bueno, es que… – tomó algo de aire y ya me habló sin
tapujos – bueno, si, mi mamá… pues… ella está enamorada de usted.
¡Eso no puede ser! – dije, volteando hacia atrás y
topándome con Lalita.
Tito, es que Silvia es una gran mujer y yo sé que lo haría
muy feliz y usted a ella… ¿por qué no la acepta?
¡Laura, vos también! ¡Pero es que están locos!
Se le nota entre el pantalón que la idea no le molesta
tanto… – agregó mi nuera.
¡A mi se me para la verga por cualquier cosa! Miren, mi
vida ahorita… no me puedo meter en algo como eso, aun no estoy listo… ¡no
puedo hacerme cargo de una esposa! Además…
Es que no seré solo una esposa – intervino Silvia,
apareciendo por la puerta – más bien seré una especie de esclava. – ese
comentario me dejó mudo.
Mama… ya habíamos hablado de esto…
Si me vas a entregar a Tito dejá que el decida como
tenerme… vos sabés que no me voy a oponer a lo que el decida. – le dijo a su
hijo antes de que continuara hablando, yo ya ni sabía que decir.
Tito, venga conmigo… – me dijo Laura tomándome de un brazo
y llevándome afuera.
¡Yo no puedo ni quiero! – le dije en voz baja.
Desde hace mucho he tratado de que mamá se emancipe de mi…
– dijo Beto, caminando tras de nosotros – no es natural que un hijo domine a
su propia madre así, yo quiero que ella sea la abuela de mis hijos, no su
madre. Usted es el primer hombre con quien ella quiere estar que no soy yo, y
eso me encanta…
¿Por qué?
Porque usted es un buen hombre… la verdad hasta me habría
gustado que fuera mi padre. – ese comentario me conmovió – Mire, sé que es
súbito, que no se lo esperaba e incluso que no quería que pasara, pero de
verdad, no rechace a mi madre, – acercó su boca a mi oído y me dijo en un
susurro – si lo hace no querrá volver aquí nunca por vergüenza. Ya verá que
ella lo hará muy feliz…
Pero es que…
…ella es la mujer ideal, pues además de ser muy bella y
deseable tiene un corazón enorme… lo que le dijo de hasta ser su esclava es
verdad Tito, ella no le va a poner restricciones a nada de lo que usted
quiera. De verdad, se los juro…
Estaba dispuesto a detener todo esto, pero no quería herir ni
humillar a nadie, así que pensaba en hablar a solas con la señora y hacerla
entrar en razón. Pero el problema conmigo es que mi verga, por ser tan grande,
consume demasiada sangre, y cuando entramos fue como si mi macana chupara con
fuerza toda la sangre que irrigaba mi confundido cerebro. Vi como ella estaba
vestida, muy provocativamente y no pude hablar en ese momento.
Tito… vamos al cine… lléveme al cine y podremos platicar de
todo esto con tranquilidad. – me dijo Silvia y yo asentí con la cabeza.
Confieso que ni me acuerdo de qué película vimos, yo estaba
perdido en un mar de confusión, pasé toda la lica callado. Luego fuimos a
almorzar por allí, tampoco hablé. No fue sino hasta que me percaté de las
miradas que todos le lanzaban que reaccioné. Ella fue vestida muy sexy, un poco
más de cómo acostumbraba, con una falda muy corta y una blusa tejida de botones
muy pequeña, parecía que los botones reventaban cada vez que se movía. A cada
paso parecía sacarle fuego al suelo, el calor se sentía por donde ella pasara,
todos se le quedaban mirando admirados de esa señora de 50 años, tan hermosa y
bien conservada.
Platicamos, terminé contándole lo que me ocurría, de mi
inseguridad para volverme a enamorar, de Miguelito… ella solo me dijo "tranquilo
Tito, yo te ayudo" y me besó suavemente en los labios. Al regreso nos venimos
besando y manoseando todo el camino, por lo que cuando bajamos del carro,
estábamos hechos unas brasas.
Silvia, mirá, yo…
No me digás nada ahora, solo vení y tomame… de ahora en
adelante soy tuya… compartida con Beto claro, pero tuya también. Haceme todo
lo que querrás… todo… – era en vano, jamás habría podido rechazarla, jamás, la
besé apasionadamente pero ella, tras un minuto, me empujó se separó de mi –
Tito… ¿qué me vas a hacer ahorita? Porque, ¿me vas a hacer algo, verdad? – me
preguntó con esa carita que tanto me gustaba, llena de una pícara inocencia de
niña caprichosa, que sabe de antemano que se le dará gusto a lo que pida.
No le respondí, la tomé de la cintura con firmeza y la atraje
hacia mí, estampándole un beso profundo, mojado, empujándola hacia el interior
del departamento, dejándola caer sobre un sillón con brusquedad. La verdad es
que no fui delicado, estaba tan caliente que se me olvidó eso, así que cuando
caí en la cuenta de ello me separé de ella y a punto de pedirle disculpas estaba
cuando ella sola se lanzó al suelo y, muy de prisa (casi con desesperación), me
sacó la paloma del pantalón y se puso a chupármela.
¡Silvia! – le dije sorprendido.
¡Estoy ardiendo Tito, cielito mío! ¡¡HOY QUIERO SER TU
MARRANA!! ¡¡VOY A SER TU PUTA, TU PERRA ASQUEROSA!! – me dijo, dándole la
primer lametada a mi enhiesto pene.
Ella jamás me había dicho cielo, apenas llevaba poco tiempo
de estarme tuteando, tampoco nunca se había portado así, por más caliente que
fuera. Pero verla autorreducida a un objeto hizo que la lujuria se me subiera a
la cabeza y se apoderara de mis pensamientos, sin medir las consecuencias la
tomé con fuerza de la nuca y le enterré mi enorme pene cuanto pude. Vi sus
ojitos abriéndose como platos, crispándose ante la presencia de tan grande
invasor cortándole la respiración.
Vi que sintió arcadas y se le llenaron los ojos de lágrimas y
la solté. Me alejé un poquito y me le quedé viendo, estaba arrodillada en el
suelo tosiendo fuerte, la ropa descolocada y su mirada perdida. Estuve a punto
de pedirle disculpas nuevamente, pero ella no me dejó.
¡¡¡COGEME TITO!!! – me dijo con cara viciosa, poniéndose de
pié y quitándose la ropa – ¡¡¡VIOLAME COMO LA MARRANA QUE SOY!!! ¡¡¡GRITÁMELO,
ESCUPÍMELO EN LA CASA!!! ¡¡¡¡MARRANA!!!! ¡¡¡¡PERRA!!!! ¡¡¡¡PUTA!!!!… ¡¡¡¡NO
SOY MÁS QUE UNA PUTAAAAAA!!!!
Aquello me puso mal, verla en ese estado de excitación y
depravación elevó mi libido hasta donde nunca lo había tenido antes. Avancé
hasta ponerme frente a ella, la tomé de la cintura con violencia y le planté un
beso furioso, lleno de deseo, de violencia. La tomé del pelo y la jaloneé hasta
echarle la cabeza un poco hacia atrás.
¡¡SIIII, ASÍIIII CIELO!!
¡¿QUÉ SOS VOS?! – le pregunté.
¡¡UNA PERRA, UNA PERRA PARA QUE MI MACHO PUEDA USAR A SU
ANTOJO!!
¡¡¡UNA PERRA!!! ¡¿Y LA MUJER DECENTE QUE ERAS?!
¡Ya no existe!
¡¡¡ENTONCES TE VOY A TENER QUE CASTIGAR!!!
Le dejé ir entonces una fuerte nalgada, que ella contestó con
un fuerte gemido y cerrando los ojos. Rodeó mi cuello con sus brazos y se colgó
de mí, tratando de subir sus piernas y moviendo sus caderas para intentar
colocarse mi pene tieso dentro de su sexo, que ya estaba chorreando. Yo seguí
jaloneándola de su larga cabellera rubia entrecana, que le llega hasta la
cintura, mientras la azotaba una y otra vez, alternadamente, sobre sus rosadas,
grandes, suaves, pero duras y firmes nalgas. Desde mi posición, y como soy más
alto que ella, podía ver como se le estaban enrojeciendo, mientras sus enormes
tetas rozaban mi pecho peludo.
Ella pegaba un gemido fuerte a cada nuevo azote, contraía
todo su hermoso cuerpo, gesticulando en una mueca entre la sonrisa del placer y
el dolor del maltrato… de todas maneras parecía disfrutar de ese trato duro y
grosero que jamás le había dado antes… y eso me excitó más a mi.
¿Ahora qué querés que te haga perra? – le pregunté,
separándome un poco.
Lo que tú querrás mi vida… lo que querrás…
¿Y si te quiero lastimar?
Lastimame todo lo que querrás mi amor… hoy no soy más que
tu perra… hacé conmigo lo que te de la gana… amo… – cuando me dijo amo,
terminé de perder el poco control que aun me quedaba.
De un fuerte y violento empujón, la tiré sobre el sillón.
"Haceme lo que querrás y pedime lo que querrás, que hoy soy toda tuya, hoy soy
tu perra, tu puta, tuya y solo tuya", me repitió todavía desde su posición, así
que, sin perder más tiempo, separé con brusquedad sus largas y torneadas
piernas, descubriendo ese hermosos sexo, oloroso a hembra madura caliente,
cubierto de una abundante pelusa rubia y canosa, brillante de la excitación.
Empecé a meterle los dedos entre la vulva, jamás había de una forma tan obscena.
Los ojitos se le cerraban, la respiración se le aceleró, aquella humillación le
estaba dando un placer indescriptible.
Parate y haceme una paja. – le ordené y ella se puso a
pajearme, frotándome con las 2 manitas todo mi palo, por todo lo largo de sus
30 cm. – Ahora metételo en la boca. – le volví a ordenar y empezó a hacerme
una tremenda mamada, lamiendo mi pene por todo lo largo, chupándome el glande
como un helado, simplemente delicioso. – Alto… – le dije, quería evitar el
inminente orgasmo demasiado rápido, pero ella seguía mamándomela – alto dije…
¡alto, perra de mierda! – y le pegué una bofetada.
Pensé que había llegado demasiado lejos, era la segunda vez
que la abofeteaba, la segunda vez que abofeteaba a una mujer en mi vida y no que
gustó, pero cuando vi el brillo en sus ojos celestes, ese brillo característico
que siempre tiene cuando hacemos el amor, supe que mi acción estaba muy lejos de
molestarla… le había gustado, y mucho.
¡Yo soy el que manda, el que dice que se hace y que no!
¿Entendido?
Si Tito… amo… perdóneme, merezco un castigo…
¡¡Y TE LO VOY A DAR PERRA DE MIERDA!!
La levanté violentamente del pelo, me senté sobre el sillón y
la tiré sobre mis piernas, boca abajo. Enredé su larga cabellera rubia entre los
dedos de mi mano derecha, con la misma sujeté sus muñecas sobre su espalda (no
me fue difícil, Silvia tiene manos pequeñitas, muy femeninas y muñecas
delgadas), de manera que su cabeza quedaba levantada y echada hacia atrás, y si
la hacía hacia delante, mi mano iba junto con ella, por lo tanto sus muñecas, lo
que le producía dolor.
Empecé a azotarla fuerte, duro, sus glúteos se estremecían
cada vez que la palma de mi mano izquierda se estrellaba sobre estos. Esa suave
piel rosa se empezaba a teñir de un intenso rojo cada vez más, y con mi mano
derecha manejaba sus brazos y cabeza a mi gusto, torturándola también allí.
¡Perra, de ahora en adelante cada vez que hagás algo que yo
no y haya autorizado, te voy a castigar como acabo de hacer!
Lo que tu digás mi amo… tu mandás yo soy tu esclava mi
cielo.
¡Así me gusta! – ni yo mismo me reconocía, las mujeres son
sagradas para mi y allí estaba, torturando de esa forma tan sucia y humillante
a la suegra de mi nuera.
Seguí nalgueándola, aunque ya no tanto, pues estaba más
ocupado hurgando dentro de su sexo. Primero 1, luego 2 y hasta 3 dedos míos se
alojaron dentro del enrojecido sexo de mi amante. Podía verlo por debajo de sus
enormes nalgas rojas y maltratadas, sus labios menores cerraban por completo esa
dulce vulva como si continuara siendo virgen. Pero ante el avance de mis dedos
se abrieron dejando a mis ojos lujuriosos el tesoro que se escondían debajo de
esos delicados pliegues, un túnel rojo, de una vagina perfecta, coronada con un
clítoris mediano un poco más abajo. ¡Qué cosa tan maravillosa, no me pude
contener más, tenía que poseerla de una buena vez!
Me levanté de improviso y la tiré al suelo, la agarré de un
brazo y, como si fuera un monigote, le di la vuelta, poniéndola en 4. De un muy
fuerte nalgada la obligué a parar el culo al tiempo que le sujetaba las manos y
el pelo como la tenía antes, dejándola con la cara y el pecho apoyados en el
suelo. Así, con mi mano libre coloqué la cabeza de mi ariete en posición de
colisión y la penetré con potencia, de un solo empujó, hasta el fondo,
arrancándole un fuerte grito de dolor y de placer.
Comencé a penetrarla furiosamente, sentía las paredes de su
sexo distenderse por la fuerza, encharcada en su intimidad e invadida por esa
inmenso mazo con el que ella se casó. Mi pene apenas entraba un poco más allá de
la mitad dentro de su ser, y ella apenas podía hacer algo más que gemir, gritar
y pujar, derramando gruesas lágrimas, con su carita de muñeca enrojecida, pero
sin poderse quitar esa extraña sonrisa de su faz.
¡¡¡¡AAAAGGHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAGGHHHH!!!! ¡¡¡¡AAAAGGHHHH!!!!
¡¡¡PERRA SUCIA!!! ¡¡¡PERRA DE MIERDA!!! – la insultaba yo y
ella parecía calentarse todavía más, si es que eso es posible, a cada nuevo
insulto que le soltaba.
¡¡¡¡SIIIIIIIIIIIIIAAAAGGHHHH!!!!… ¡¡¡¡SOY TU
PEEEEERRRRRRAAAAGGHHHH!!!! ¡¡¡¡TU PPEEEERRRRAAAAAAGGHHHH!!!! – yo, que ya la
conocía bien, supe de inmediato que los fuertes espasmos que mi pene sentía
dentro de su vagina eran de su orgasmo, sumamente intenso y largo.
Silvia no es multiorgásmica como Lala, generalmente tiene
problemas para alcanzar un segundo clímax, a veces uno solo. Pero cuando los
tiene, estos son prolongados y tan intensos que a veces llega a perder el
sentido por unos segundo o minutos.
¡¡¡¡TITOOOOOOGGGGGHHHH!!!!… ¡¡¡¡AAGGHH!!!! ¡¡¡¡AAGGHH!!!!…
¡¡¡¡DIOS MIIIOOOOOOGGGGGHHHH!!!!… ¡¡¡¡¡¡AAAAUUUUUUUUGGGGGGGGGHHHH!!!!!!
¡¡¡LO ESTÁS DISFRUTANDO PUERCA ASQUEROSA!!! ¡¡¡¡SSSSIIIIII,
ORGASMEATE COMO LA PUTA SUCIA QUE SOOOOOSSSSS!!!!
¡¡¡¡SIIIIIIIIIIIII!!!! ¡¡¡¡AAAAGGHHHH!!!!… ¡¡¡¡MAS,
DAMEEEEEEEMAAAASSSSSS!!!!
Mi mujer se revolvía como un gusano debajo de mi cuerpo, tuve
que echar el cuerpo hacia adelante, y dejarle caer todo mi cuerpo sobre su
espalda, subiéndole mucho los brazos y causándole gran dolor para que no se
moviera tanto. Sorprendentemente, aquel dolor que le infringí aumentó los
estertores de su orgasmo, y a pesar de las enormes lágrimas que salían de sus
ojos, no dejaba de pedirme más.
Y yo ya no me pude contener, y luego de enterrarle hasta el
fondo mi falo, eyaculé con furia dentro de su ser, llenándola de mi leche que
rebalsó la capacidad de su sexo. Pegué un fuerte alarido y luego quedé tirado
encima de su cuerpo, ambos cubiertos de sudor, ambos agotados, sin saber a
ciencia cierta lo que acababa de ocurrir allí.
La dejé tirada boca arriba sobre el frío suelo quedándome a
su lado. Comencé a pensar en lo que había pasado, prácticamente la había violado
y maltratado, humillándola de la peor manera posible. La usé para desahogar toda
la frustración y angustia que sentía y me sentí muy mal por ello, ciertamente lo
disfruté, pero yo no soy así, jamás pensé llegar a eso. Bueno, perdimos el
control e hicimos cosas que jamás hubiésemos pensado, pero lo gozamos como
locos, como verdaderos desquiciados.
La veía aun tirada en el suelo, respirando aceleradamente,
cubierta de sudor y con la vagina chorrenándole semen. No parecía una mujer que
hubiese sufrido, la verdad, y mi excitación y morbo aparecieron. Tuve una idea
extraña, de esas que en otras circunstancias habría desechado inmediatamente…
pero no ese día.
Me vi levantándome y dirigiéndome a la cocina, abriendo una
gaveta y sacando un cuchara, que en menos de un minuto estaba introduciendo
dentro de la vagina de mi amante/esclava. Sobresaltada me volteó a ver,
sonriéndome pícaramente en cuanto comprendió lo que estaba haciendo. Le ofrecí
la mano y la ayudé a ponerse de pié, llevándola gentilmente a un sillón en donde
hice que tomara asiento, pero con las piernas muy abiertas y con su cuerpo muy
abajo en el asiento, de manera que las caderas le quedaran casi en el aire. Y
así, en esa posición, metiéndole la cuchara adentro de su sexo y sacándola
repleta de esperma, comencé a darle en los labios el semen que salía a
borbotones de su ser, como a una bebé pequeña que es alimentada con compotas
Gerber. Silvia saboreaba esa bizarra mezcla de leche de macho y fluidos de
hembra como si fuera el manjar más delicioso de este mundo.
Continué haciendo eso hasta que vacié su vagina, entonces
empecé a recoger el semen que resbalaba por sus muslos. ¿Podríamos ser, acaso,
más depravados?… si, la verdad es que si, je, je, je, je. Pero bueno, no me
queda nada más que agregar a esta historia, más que anotar que continuamos
cogiendo el resto de la noche, pero esta vez con delicadeza. Esa sesión de
pseudoviolación estaba bien por una vez, pero no más. Silvia bebió tanto semen
que ni siquiera quiso cenar… ¡ya estaba llena!
Después de eso, ya no la dejé ir nunca más, desde ese día
Silvia Mayén de Mayén, pasó a ser Silvia Mayén de Estrada… mi mujer compartida
con su hijo. Aunque en la práctica es más mía que de Beto, tal y como el quería.
Y mientras yacíamos uno junto al otro, desnudos, por la
noche, sabía que, aunque mi horizonte no podía darme una idea de en dónde
terminaría, el sol nunca dejaba de salir, en este caso como una mujer bellísima.
Mientras tanto los invito a escribirme a mi correo electrónico y comentarme qué
les ha parecido esta historia. Muchas gracias por su atención, y abajo, les
mando un regalito.
Fin.
Tito (Garganta de Cuero).
